martes, 26 de septiembre de 2017

Fernando Pessoa (1888/1935 )

El misterio de las cosas


El misterio de las cosas, dónde está?
¿Dónde está que no aparece
para mostraros al menos que es misterio?
¿Qué sabe de eso el río y qué sabe el árbol?
Y yo, que no soy más que ellos ¿Qué sé de eso?
Siempre que miro las cosas y pienso en lo que los hombres
piensan de ellas,
Río como un arroyo que suena fresco entre las piedras.
Porque el único sentido oculto de las cosas
Es que no tienen ningún sentido oculto,
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que todos los sueños de los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos,
Que las cosas sean realmente lo que parecen ser
Y que no haya nada que comprender.
Sí, he aquí lo que mis sentidos aprendieron solos: —
Las cosas no tienen significado: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.


("revista el humo", trad. m.a. flores)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Verónica G. Arredondo (1984 )

 Las evas de velarde no andaban de mala copa



al contrario, ajustaban talla 36 ó 34
bajos larguísimos encajes, a veces, al aire
Ni putas ni infantas
Canonizadas, alabadas, malqueridas, reprimidas, endiosadas –más no a la deidad correcta– malcogidas, jamás
Ramón puedo tener a la que le viniera en gana, o mejor dicho, a La que decidiera apuntarle en el ojo y morder la bala
Colegialas ilustres, de parentesco inventado (?), coquetas y espigadas, de la infancia amigas susurraban su nombre, de cuchicheo en cuchicheo
La falda bajada hasta el huesito es un mito urbano, la altura deseada es:
bajo el maxilar de las caderas, exponiendo en su totalidad las caladas medias, pendiendo de un fino liguero
Es mentira que las Evas prendieran el fogón sin meterse a bañar
(sin excepción en domingo)
Cosificadas, multiplicadas, patriarcadas, endemoniadas y exorcizadas, beatificadas, lubricadas, empoderadas y mul-ti-or-gásmicas
De la jarciería desaparecía la soga para marcar en la piel enrojecida el nombre
“Ramoncito” era un chico malo, promiscuo y persignado, tenía por insomnio la culpa
Tras hincar el tacón en su espalda, las jerezanas conocían la exacta medida
para hacerlo jadear
Se sabe que tuvo a más de alguna(s), pero ellas lo dejaban siempre pidiendo ¡más!
Espero que los Berumen, la familia, no den con estas líneas y quiéranme ajusticiar
De los manzanos Jerez se preparan los licores derramados el sábado de gloria
en tan excelso bacanal
Dicen que alguien escuchó una vez, de labios de una jerezana proferir:
“Podremos compartir de una misma copa: whisky, ginebra, brandy o mezcal,
mas no morderemos la misma manzana
Trátame suavemente, y no seré hoy tu domadora”.


[Inédito]

domingo, 24 de septiembre de 2017

Uriel Martínez (1950 )

Lluvia que llegas


Lluvia que llegas de noche,

haz que germinen mis muertos,
mis recuerdos, que mi oscuridad
crezca antes del dilatado silencio;

agua que llueves a altas
horas de mis años, tiende
alrededor de mis sienes
la máscara del reposo;

aguacero que llegas callado
como cobija de siglos,
cubre discreto mi rostro,
mi cuerpo de voces mil.

Lluvia que invitas a la sed,
moja mis labios con tus
labios, pasa tu lengua
por mi lengua de pasto;

contigo ya tarde quisiera
ya lento, como tú,
volver y luego desvanecerme,
quieto.


[Inédito]

sábado, 23 de septiembre de 2017

Saúl Ordoñez (1981 )

Diez canciones Pacos


1

entonces supe que todos los guapos se llaman paco
la muerte dormida en su piel de sarnoso terciopelo moteado
pero estaba de guano hasta el cuello
como una mala imitación de pollock firmada por los pájaros

como una mala imitación de pollock firmada por los pájaros

o un mal poema firmado por mí
                                                               o nos mayestático


("trompa de perro", fondo editorial estado de méxico, toluca, 2017)

viernes, 22 de septiembre de 2017

Gastón Baquero (1914/1997 )

Sintiendo mi fantasma venidero


Sintiendo mi fantasma venidero
bajo el disfraz corpóreo en que resido,
nunca acierto a saber si vivo o muero
y si sombra soy o cuerpo he sido.

Camino la ciudad, la reconstruyo
día tras día contemplando en vano;
luego vuelvo a perderla, luego huyo
protegiendo mi ensueño con la mano.

Y me tropiezo a mí, me reconozco
lleno de muerte, en sombra construido;
y sé que no soy más, pregunto, y no conozco

otro saber que el no saber sentido
por el muerto futuro que conduzco
bajo el disfraz corpóreo en que resido.


("crear en salamanca")

jueves, 21 de septiembre de 2017

Nazim Hikmet (1902/1963 )

Sobre quedarse sorprendido



Puedo amar,
y tanto,
pide lo que quieras,
mi vida, mis ojos.
Puedo enfurecerme,
mi boca no se llena de espuma,
pero la ira de un camello no es nada al lado de la mía,
solo la ira del camello, no su rencor.
Puedo comprender
muchas veces con mi nariz,
es decir oliendo lo más oscuro lo que está más lejos
y puedo pelear,
por todos y por todo lo que me parece justo, correcto y hermoso,
ni mi edad ni mi porte me lo impiden,
sin embargo hace tiempo que se me olvidó quedarme sorprendido.
La sorpresa me dejó y se fue con sus ojos bien abiertos
y bien jóvenes.

¡Qué lástima!

Tanganika, febrero 1963
Hotel Maranga

("cómo cantaba mayo en la noche", s/c al traductor)

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Álvaro Mutis (1923/2013 )

 Amén


Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


("trianarts")

martes, 19 de septiembre de 2017

César Vallejo (1892/1938 )

La copa negra


La noche es una copa de mal. Un silbo agudo
del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler.
Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste,
la onda aún es negra y me hace aún arder?

La Tierra tiene bordes de féretro en la sombra.
Oye tú, mujerzuela, no vayas a volver.

Mi carne nada, nada
en la copa de sombra que me hace aún doler;
mi carne nada en ella
como en un pantanoso corazón de mujer.

Ascua astral… He sentido
secos roces de arcilla
sobre mi loto diáfano caer.
¡Ah, mujer! Por ti existe
la carne hecha de instinto. Ah, mujer!

Por eso ¡oh, negro cáliz! aun cuando ya te fuiste,
me ahogo con el polvo
y piafan en mis carnes más ganas de beber!


("trianarts")

lunes, 18 de septiembre de 2017

Verónica Volkow (1955 )

Laberinto


Con mi vida escribo
la huella de una estrella,
un laberinto que encendida ando.
Sumergida en la sombra
mirada plena,

Hay un vuelo que abre
la luz en lo interno
un caminar sensible,
y cuidado
del corazón despierto.


("latitudes latinas")

domingo, 17 de septiembre de 2017

Siomara España (1976 )


La casa vacía



No invites a nadie
a nuestra casa,
pues repararán en
puertas, paredes, escaleras
y ventanas,
mirarán la polilla en
los rincones,
los cerrojos oxidados,
las lámparas ciegas, arruinadas.
No traigas a nadie a nuestra casa
pues no tendrán más
que angustia de tu mesa,
de tu cama, tu mantel,
del mobiliario se reirán
de pena por las tazas, fingirán
nostalgia de mi nombre,
y reirán de nuestra hamaca.
No traigas más gente a nuestra casa
pues te escribirán canciones,
te entusiasmarán el alma,
te susurrarán traviesos,
sembrarán una flor en tu ventana.

Por eso no debes, te lo ruego,
traer más gente a nuestra casa
pues se pondrán rosados,
verdosos, rojizos o azulados,
al descubrir paredes rotas
las plantas marchitadas.
Querrán barrer en los rincones
querrán abrir nuestras persianas
y encontrarán seguro entre mis libros
las excusas perversas que buscaban.

No traigas más nadie a nuestra casa,
así descubrirán nuestros absurdos
te llevarán lejos a otras playas
te contarán historias de naufragios
te sacarán a rastras de esta casa.


("de sibilas y pitias")

sábado, 16 de septiembre de 2017

Raúl Gómez Jattin (1945/1997 )


El amor brujo



He robado parte de tu cuerpo y de tu alma
Le he tendido una celada a los recuerdos
que aquí te recuerdo ¿Recuerdas amor?
El cielo de la noche casi azul se asoma
entre tus pestañas Noche vibrátil
Una vez me fui hasta tu regió de monte
enfermo de hongos y tristezas muy tristes
Y aluciné con tu imagen alta y flexible
galopando un caballo de nube Luego
Venías por la tarde desde el Retiro de los Indios
en tu carruaje blanco y yo iba a pie
por la carretera Como un sonámbulo
Sonríes desde lejos como si masticaras
mi corazón entre tus colmillos
Mis palabras le quitan a tu vida muerte
Vives en este libro aunque te tengo miedo
Aunque apenas si hemos hablado
Pero te amo tanto como siempre
Tanto como puedas imaginar
Y estamos lejos
Como el sol del mar.


("vallejo &  co.")

viernes, 15 de septiembre de 2017

Allen Ginsberg (1926/1997 )

Muy lejos de aquí


Dicen que los sudorosos negros
se adentran ágiles
en las infernales minas
a miles de pies de profundidad
en las montañas sudafricanas
para extraer diamantes y oro
para que brillen en las blancas
manos de banqueros, políticos,
ejércitos y policías.


(muro fb de daniel montoly, trad. del propio dm)

jueves, 14 de septiembre de 2017

Robin Myers (1987 )

La metafísica de Pedro el heladero






Según lo veo yo, el cielo es otro mundo, nada más,
y yo no soy de ahí.
Vi un programa en la tele acerca de los peces de las profundidades,
que viven tan profundo que casi no son peces, sino apenas
pinchos y lamparitas que relumbran en un lugar extraño.
Nosotros no podemos bajar tanto, excepto en una máquina.
De intentar respirar, nos ahogaría el agua,
y nos aplastaría la oscuridad. Mientras que aquellos peces
se la pasan nadando por ahí, con sus luces de giro y sus dientitos,
comiendo lo que sea que ellos comen,
todas nuestras palabras y los planes que hacemos no nos sirven de nada;
y todas esas sombras y las cosas que brillan,
junto con la comida invisible de los peces,
tienen bastante más sentido que nosotros.
¿Por qué sería diferente el cielo?
Otro país por el que para entrar tenemos que morir,
y donde ya no importan la tierra ni la sangre ni los huesos,
y hay que aprender a parecerse al aire
después de caminar por tantos años.
Cuando a la noche prendo una vela al costado de mi cama,
eso es lo más que llego a parecerme
a los peces de las profundidades.
Se me voló el sombrero un día de viento;
quizá eso se parezca un poquito a volar
o a tener un espíritu o a ser uno. Jamás volví a encontrarlo.
Quizá llegue a algún lado antes que yo,
quizá me quede donde estoy sin él.


("el poeta ocasional", trad. ezequiel zaidenwerg)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Frank Báez (1978 )

Nuestro Santa Claus


Afuera no para de llover
y nuestro negro y escuálido Santa Claus
empuja un carrito de supermercado
por toda la Independencia.

Deja atrás repuestos,
liquor stores,
bancas de apuestas,
iglesias evangélicas.

Hasta el final de la Independencia
como si no supiera
que ya casi estamos en marzo.


("revista el humo")

martes, 12 de septiembre de 2017

Gonçalo M. Tavares (1970 )

Errores de uno o de muchos



Los errores científicos son errores de una comunidad científica.

Al error de Uno (sin seguidores) lo llamamos Arte.


("pájaros lanzallamas", trad. alonso sáenz delgado)

lunes, 11 de septiembre de 2017

John Ashbery (1927/2017)

Autorretrato en espejo convexo



Como hizo el Parmigianino, con la mano derecha
más grande que la cabeza, adelantada hacia el espectador
y replegándose suavemente, como para proteger
lo que anuncia. Unos cristales emplomados, viejas vigas,
muselina plisada, un anillo de coral corren unidos
en un movimiento sobre el que se apoya el rostro, que flota
acercándose y retirándose como la mano
sólo que está en reposo. Es lo que está
sustraído.Dice Vasari: “Francesco se puso un día
a sacarse su retrato, y se miró con ese proposito
en un espejo convexo, como los que usan los barberos…
Para ello mandó a un tornero que le hiciera
una bola de madera y tras partirla por la mitad y
reducirla al tamaño del espejo, con gran arte
se puso a copiar cuanto veía en el espejo"
principalmente su reflejo, del que el retrato
es el reflejo una vez quitado.
El espejo decidió reflejar tan sólo lo que él veía,
que fue suficiente para su propósito: su imagen
barnizada, embalsamada, proyectada en un ángulo
de ciento ochenta grados.
La hora del día o la densidad de la luz,
adhiriéndose al rostro, lo conservan
vivaz e intacto en una ola recurrente
de llegada. El alma se asienta.
Pero ¿hasta dónde puede salir por los ojos flotando
y aún regresar a su nido a salvo? Al ser la superficie
del espejo convexa,la distancia aumenta
significativamente; es decir lo bastante para apuntar
que el alma es prisionera, tratada humanitariamente
mantenida en suspenso, incapaz de avanzar hasta mucho más allá
de tu mirada cuando intercepta el cuadro.
El Papa Clemente y su corte se quedaron “estupefactos”,
quedó Vasari, y le prometieron un encargo
que nunca se materializó. El alma ha de permanecer donde
está
aunque se inquiete, oyendo gotas de lluvia en el cristal,
el suspirar de las hojas de otoño azotadas por el viento,

anhelando estar libre, fuera, pero debe quedarse
posando en este sitio. Debe moverse
lo menos posible. Esto es lo que dice el retrato.
Pero hay en esa mirada fija una combinación
de ternura, diversión y pesar, tan poderosa
en su contención que uno no puede mirar mucho tiempo.
El secreto es demasiado evidente. Escuece su piedad,
hace brotar lágrimas calientes: que el alma no es alma,
no tiene secreto, es pequeña, y encaja
en su hueco perfectamente; su habitación, nuestro momento
de atención.
Esa es la melodía pero no hay letra.
La letra es sólo especulación
(del latín speculum, espejo):
busca el significado de la música sin poder hallarlo.
Vemos tan sólo posturas del sueño,
jinetes del ademán oscilante que hace aparecer
el rostro bajo cielos de tarde, sin
falso desaliño como prueba de autenticidad.
Pero es la vida englobada.
Uno querría sacar la mano
fuera del globo, pero su dimensión,
lo que lo soporta, no lo permitirá.
Sin duda es esto, no el reflejo
de esconder algo, lo que hace que la mano destaque tanto
mientras retrocede ligeramente. No hay forma
de erigirla plana como la sección de un muro:
debe unirse al segmento de un círculo,
volviendo al azar al cuerpo del que parece
tan improbable parte, para cercar y apuntalar el rostro
en el que el esfuerzo de este estado se ve
como el ápice de una sonrisa, un destello
o estrella que uno no está seguro de haber visto
cuando se reanuda la oscuridad. Una luz perversa cuyo
imperativo de sutileza de antemano condena su
presunción de alumbrar: insignificante pero intencionada.
Francesco, tu mano es lo bastante grande
para destrozar la esfera, y demasiado grande,
pensaría uno, para tejer delicadas mallas
que sólo arguyen su posterior detención.
(Grande, pero no tosca, simplemente a otra escala,
como una ballena dormitando en el fondo del mar
en relación con el diminuto, presuntuoso barco
de la superficie.) Pero tus ojos proclaman
que todo es superficie. La superficie es lo que está ahí
y nada puede existir excepto lo que está ahí.
No hay entrantes en la habitación, sólo concavidades,
y la ventana no tiene mucha importancia, ni ese
plateado de ventana o espejo de la derecha, ni siquiera
como indicador del tiempo, que en francés es
le temps, la palabra de tiempo, y que
sigue un curso en el que los cambios son sólo
características del conjunto. El conjunto es estable dentro
de la inestabilidad, un globo como el nuestro, que descansa
sobre un pedestal de vacío, una bola de ping-pong
segura sobre su surtidor de agua.
Y así como no hay palabras para la superficie, es decir,
no hay palabras para decir lo que es realmente, que no es

superficial sino un núcleo visible, así no hay
salida para el problema de pathos contra experiencia.
Ahí seguirás, intranquilo, sereno en
tu gesto que no es abrazo ni aviso
pero que encierra algo de ambos en pura
afirmación que no afirma nada.
Estalla el globo, la atención
se desvía mortecinamente. Las nubes
en el charco se convierten al moverse en fragmentos serrados.
Pienso en los amigos
que vinieron a verme, en qué tal
fue ayer. Un sesgo extraño
de la memoria que atraviesa al modelo que suena
en el silencio del estudio mientras piensa
si levantar el lápiz hasta el autorretrato.
Cuánta gente vino y se quedó algún tiempo,
pronunció palabras claras u oscuras que se hicieron parte de
ti
como la luz tras niebla y arena empujadas por el viento,
influida y filtrada por ellas, hasta que ya no queda
ninguna parte que sea sin duda tú. Esas voces del atardecer
te lo han contado todo y sin embargo prosigue el cuento
en forma de recuerdos depositados en bloques
irregulares de cristales. ¿De quién, Francesco, la mano arqueada

que controla las estaciones cambiantes y los pensamientos
que se van pelando y emprenden el vuelo a velocidades de
vértigo
con las últimas y obstinadas hojas arrancadas
de ramas húmedas? En esto veo tan sólo el caos
de tu espejo redondo que lo organiza todo
en torno a la estrella polar de tus ojos que están vacíos,
no saben nada, sueñan pero nada revelan.
Siento el tiovivo ponerse en marcha lentamente
y cada vez ir más de prisa: mesa, papeles, libros,
fotografías de amigos, la ventana y los árboles
fundiéndose en una sola banda neutra que me rodea
por todas partes, dondequiera que mire.
Y no puedo explicar la acción de igualar,
por qué habría de reducirse todo a una sola
sustancia uniforme, a un magma de interiores.
Mi guía en estas cuestiones es tu yo,
firme, oblicuo, que lo acepta todo con el mismo
espectro de sonrisa, y al acelerarse el tiempo de modo que es
pronto
mucho más tarde, puedo conocer tan sólo la salida recta,
la distancia entre nosotros. Hace mucho tiempo
los datos esparcidos significaban algo,
los pequeños accidentes y placeres
del día a medida que avanzaba desgarbadamente,
un ama de casa con sus quehaceres. Imposible ahora
restituir esas propiedades en la plateada mancha que es
el registro de lo que lograste al sentarte
«a copiar con gran arte cuanto veías en el espejo»
para perfeccionar y excluir lo ajeno
para siempre. En el círculo de tus intenciones quedan
algunas vigas que perpetúan el encantamiento de un yo con
otro yo:
miradas, muselina, coral. No importa
porque estas son cosas que son iguales hoy
antes de que la sombra propia se saliera del campo
por vez primera para hacerse pensamientos del mañana.

El mañana es fácil, pero el hoy está inexplorado,
desolado, reacio como cualquier paisaje
a rendir lo que son leyes de la perspectiva
sólo para profunda desconfianza del pintor
después de todo, un instrumento endeble aunque
necesario. Por supuesto algunas cosas
son posibles, el hoy lo sabe, pero no sabe cuáles. Algún día
intentaremos
hacer tantas cosas como sean posibles
y tal vez lo logremos con un puñado
de ellas, pero esto no tendrá nada
que ver con lo que es hoy prometido, nuestro
paisaje que se nos vuela para desaparecer
por el horizonte. Brilla hoy lo bastante de una envoltura
para mantener la suposición de promesas unidas
en un solo trozo de superficie, que lo dejan a uno volver
paseando desde ellas a casa para que estas
aún mayores posibilidades puedan permanecer
intactas sin someterse a prueba. De hecho
la cascara del cuarto-burbuja es tan resistente como
huevos de reptil: todo allí se ve «programado»
a su debido tiempo; se va incluyendo más
sin que ese más se añada a la suma, y así como uno
se acostumbra a un ruido que
lo mantenía despierto pero ya no lo hace,
así la habitación alberga este flujo como un reloj de arena
sin variar de clima ni de calidad
(excepto quizá para iluminarse sombría y casi
invisiblemente, en un foco que se afila hacia la muerte: habrá
más sobre esto luego). Lo que debería ser el vacío de un
sueño
se va llenando continuamente al ponérsele espita
al manantial de los sueños para que este concreto sueño
pueda crecer, florecer como una rosa de cien hojas,
desafiando suntuarias leyes, dejándonos
para que despertemos y tratemos de empezar a vivir en lo que
se ha convertido ahora en un suburbio. Sydney Freedberg en su

Parmigianino dice del cuadro: «El realismo en este retrato
no crea ya una verdad objetiva, sino una bizarría...
Sin embargo su distorsión no produce
una sensación de falta de armonía...Las formas conservan
una fuerte dosis de belleza ideal», porque
las nutren nuestros sueños, tan inconsecuentes hasta que un día

nos fijamos en el hueco que dejaron. Ahora su importancia
está clara si no su significado. Habían de nutrir un sueño que
las incluye a todas, ya que están
finalmente invertidas en el espejo acumulador.
Parecían extrañas porque en realidad no podíamos verlas.
Y de esto sólo nos damos cuenta en un punto en el que se
esfuman
como una ola rompiendo en una roca, renunciando
a su forma en un gesto que expresa esa forma.
Las formas conservan una fuerte dosis de belleza ideal
al hurgar en secreto en nuestra idea de la distorsión.
¿Por qué estar descontentos con esa ordenación, si
los sueños nos prolongan al ser absorbidos?
Algo ocurre que parece vivo, un movimiento
que sale del sueño para entrar en su codificación.
Al empezar yo a olvidarlo
presenta su estereotipo otra vez
pero es un estereotipo desconocido, el rostro
fondeando, salido de mil peligros, para encarar
otros pronto, «más de ángel que de hombre» (Vasari).
Tal vez un ángel tenga el aspecto de cuantas cosas
se nos han olvidado, quiero decir las cosas
olvidadas que no nos son familiares al
volver a encontrarlas, perdidas inefablemente,
que una vez fueron nuestras. Este sería el motivo
para invadir la intimidad de este hombre que
«se interesó por la alquimia, pero cuyo deseo
no era aquí examinar las sutilezas del arte
con espíritu distanciado y científico: deseaba a través de ellas
transmitir al espectador la sensación de novedad y asombro»

(Freedberg). Retratos posteriores como el «Caballero»
de los Uffizi, el «Joven prelado» de la Borghese y
la «Antea» de Nápoles resultan de tensiones
manieristas, pero aquí, como señala Freedberg,
la sorpresa, la tensión están en el concepto
más que en su realización.
La consonancia del Alto Renacimiento
está presente, aunque distorsionada por el espejo.
Lo que es novedoso es el extremo cuidado en representar
las veleidades de la redondeada superficie reflectora
(es el primer retrato de espejo),
de modo que podrías engañarte por un instante
antes de darte cuenta de que el reflejo
no es el tuyo. Te sientes entonces como uno de esos
personajes de Hoffmann a los que se ha privado
de reflejo, sólo que la totalidad de mí
se ve que está suplantada por la rigurosa
otredad del pintor en su
otra habitación. Lo hemos sorprendido
trabajando, pero no, él nos ha sorprendido
mientras trabaja. El cuadro está casi acabado,
la sorpresa casi pasada, como cuando uno se asoma a mirar,
sobresaltado por una nevada que aún ahora está
terminando en chispas y partículas de nieve.
Tuvo lugar mientras estabas dentro, dormido,
y no hay ninguna razón por la que debieras haber
estado despierto para ello, salvo que el día
se está acabando y te será difícil
conciliar esta noche el sueño, hasta tarde al menos.


La sombra de la ciudad inyecta su propia
urgencia: Roma donde Francesco
trabajaba durante el Saqueo: sus invenciones
asombraron a los soldados que irrumpieron en su estudio;
decidieron perdonarle la vida pero él se fue al poco tiempo;
Viena donde está hoy la pintura, donde
la vi con Pierre en el verano de 1959; Nueva York
donde estoy ahora, que es un logaritmo
de otras ciudades. Nuestro paisaje
rebosa de filiaciones, viajes rápidos de ida y vuelta;
los negocios se llevan con la mirada, el gesto,
los rumores. Es otra vida de la ciudad,
la azogada espalda del espejo del
estudio inidentificado pero dibujado precisamente. Quiere
sacar con sifón la vida del estudio, reducir
a decretos su espacio en el mapa, hacerlo isla.
Esa operación se ha visto paralizada temporalmente
pero algo nuevo está en camino, un nuevo preciosismo
en el viento. ¿Puedes soportarlo.
Francesco? ¿Eres lo bastante fuerte?
Este viento trae lo que no sabe, es
autopropulsado, ciego, no tiene noción
de sí mismo. Es la inercia que una vez
reconocida mina toda actividad, secreta o pública:
susurros de la palabra que no puede entenderse
pero sí sentirse, un escalofrío, una plaga
que sale hacia el exterior por los cabos y penínsulas
de tus nervaduras y así para los archipiélagos
y para el aireado y bañado secreto del mar abierto
éste es su lado negativo. Su lado positivo
es que te hace notar la vida y las tensiones
que parecía sólo que se marchaban, pero que ahora,
a medida que esta nueva manera va cuestionando, se ve que
se apresuran a pasar de moda. Si han de convertirse en clásicos
tienen que decidir de qué lado están.
Su reticencia ha socavado
el decorado urbano, ha hecho que sus ambigüedades
parezcan tercas y cansadas, los juegos de un anciano.
Lo que ahora necesitamos es ese improbable
aspirante al título que aporrea las puertas de un castillo
asombrado. Tu argumento, Francesco,
había empezado a ponerse rancio al no verse venir
respuesta ni contestaciones. Si ahora se deshace
en polvo, eso sólo significa que su hora había llegado
hace ya algún tiempo, pero mira ahora, y escucha:
puede ser que esté ahí almacenada otra vida
en escondrijos de los que nadie sabía; que ella,
no nosotros, seamos el cambio; que de hecho seamos ella
si pudiéramos volver a ella, revivir en parte el aspecto
que tenía, volver nuestros rostros al globo mientras se pone
y aún salir con bien de ello:
nervios normales, respiración normal. Al ser una metáfora
hecha para incluirnos, somos parte de ella y
podemos vivir en ella como de hecho hemos vivido,
con tal de dejar nuestras mentes en blanco porque el cuestio-
namiento
vemos ahora que no se dará caprichosamente
sino de un modo ordenado que no pretende amenazar
a nadie: el modo normal en que se hacen las cosas,
como el crecer concéntrico de los días
en torno a una vida: correctamente, si piensas en ello.
Una brisa como el volver de una página
trae de nuevo tu rostro: el momento
se lleva un enorme bocado de la neblina
de placentera intuición a la que sucede.
Encajar en un lugar es «la muerte misma»,
como dijo Berg de una frase de la Novena de Mahler;
o, para citar a Imógenes en Cymbel'me, «No puede
haber en la muerte pellizco más fuerte que éste», pues,
aunque sólo ejercicio o táctica, lleva
el impulso de una convicción que había ido creciendo.
La mera capacidad de olvido no puede borrarlo
ni hacerlo volver el deseo, mientras siga siendo
el blanco precipitado de su sueño
en el clima de suspiros lanzados a través de nuestro mundo,
un trapo encima de una jaula. Pero es seguro que
lo que es bello lo parece tan sólo en relación a una vida

específica, experimentada o no, canalizada en alguna forma

empapada en la nostalgia de un pasado colectivo.
La luz hoy se sumerge con un entusiasmo
que he conocido en otro sitio, y he sabido por qué
parecía significativo, que otros sintieron así
hace años. Sigo consultando
este espejo que ya no es mío
durante tanta activa ociosidad como esta vez
ha de tocarme. Y la vasija está siempre llena
porque lo único que hay es justamente tanto espacio
y en él cabe todo. La muestra que uno ve no ha de tomarse
como
eso tan sólo, sino como todo en cuanto
puede ser imaginado fuera del tiempo: no como un gesto
sino como totalidad, en el refinado, asimilable estado.
Pero, ¿de qué es este universo el pórtico
pues entra y sale, retrocede y avanza,
negándose a rodearnos y sin embargo la única
cosa que podemos ver? El amor una vez
inclinó la balanza pero ahora está en sombra, invisible,
aunque misteriosamente presente, por algún lado.
Pero nosotros sabemos que no puede intercalarse
entre dos momentos adyacentes, que sus meandros
no llevan a ninguna parte excepto a más afluentes
y que éstos desembocan en una vaga
sensación de algo que no puede conocerse nunca
aun cuando parezca probable que cada uno de nosotros
sepa qué es y sea capaz de
comunicarlo al otro. Pero la mirada
que algunos llevan como señal le hace a uno querer
avanzar haciendo caso omiso de la evidente
ingenuidad del intento, sin que le importe
que no esté nadie escuchando, ya que la luz
ha quedado encendida en esos ojos de una vez para siempre
y está presente, incólume, una anomalía permanente,
silenciosa y despierta. En su apariencia
no parece haber especial razón por la que esa luz
debiera enfocarla el amor, o por la que
la ciudad que cae con sus hermosas zonas residenciales
en el siempre menos claro, menos definido espacio,
debiera verse como el soporte de su progreso,
el caballete sobre el cual se desplegó el drama
para su propia satisfacción y hasta el fin
de nuestro sueño, ya que nunca habíamos imaginado
que acabaría, a la gastada luz del día con la pintada
promesa transparentándose como una prenda, un vínculo.
Este anodino tiempo diurno, que nunca estará definido, es
el secreto de dónde tiene lugar el sueño
y ya no podemos volver a las diversas
declaraciones contrarias acumuladas, fallos de la memoria
de los testigos principales. Lo único que sabemos
es que llegamos un poco pronto, que
el hoy tiene esa especial, lapidaria
calidad de hoy que la luz del sol reproduce
fielmente al proyectar sombras de ramas sobre aceras
amigables. Ningún día previo habría sido así.
Yo solía pensar que eran todos semejantes,
que el presente tenía siempre el mismo aspecto para todo el
mundo
pero esta confusión se desvanece al estar
uno siempre encaramándose en su propio presente.
Sin embargo el espacio «poético», pajizo,
del largo corredor que lleva de vuelta al cuadro,
su oscurecedor contrario, ¿es esto
aguna ficción del «arte», que no ha de imaginarse
como   real,   no   digamos   especial?  ¿No   tiene   también

su guarida
en el presente del que estamos escapando siempre
y volviendo a caer en él, como la noria de los días
sigue su sosegado, incluso sereno curso?
Creo que está intentando decir que es el hoy
y nosotros debemos salir de él del mismo modo que el
público
se abre paso ahora a empujones en el museo para
estar fuera a la hora del cierre. No puedes vivir ahí.
El gris barniz del pasado ataca toda destreza:
secretos de lavado y acabado que llevó toda una vida
aprender y son reducidos a la condición de
ilustraciones en blanco y negro de un libro en el que escasean
las láminas en color. Es decir, el tiempo todo
se reduce a ningún tiempo en especial. Nadie
alude al cambio; hacerlo podría
suponer llamar la atención sobre uno mismo
lo cual aumentaría el pavor de no salir
antes de haber visto la colección entera
(a excepción de las esculturas del sótano:
están donde les corresponde).
Nuestro tiempo llega a velarse, a verse comprometido
por la voluntad de durar del retrato. Insinúa
la nuestra, que teníamos la esperanza de mantener oculta.
No nos hacen falta pinturas ni
aleluyas escritas por maduros poetas cuando
la explosión es tan precisa, tan excelente.
¿Tiene algún sentido reconocer siquiera
la existencia de todo eso? ¿Existe
acaso? Desde luego no el tiempo libre para
consentirse pasatiempos majestuosos,
ya no. El hoy no tiene márgenes, el acontecimiento llega
de una pieza con sus bordes, es de la misma sustancia,

indistinguible. El «juego» es otra cosa;
existe, en una sociedad específicamente
organizada como demostración de sí misma.
No hay otra manera, y esos estúpidos
que lo confundirían todo con sus juegos de espejos
que parecen multiplicar premios y posibilidades, o
al menos confundir las cosas por medio de un aura
envolvente que corroería la arquitectura
del todo en una neblina de reprimida burla,
están al margen del asunto. Están fuera del juego,
que no existe hasta que ellos estén fuera de él.
Parece un universo muy hostil
pero puesto que el principio de cada cosa individual es
hostil a todas las demás y existe a costa de ellas
como a menudo han señalado los filósofos, al menos
esta cosa, el presente indiviso y mudo,
tiene la justificación de la lógica, que
no es mala cosa en este caso
o no lo sería, si la manera de contar
no se entrometiera de algún modo, tergiversando el resultado
final
en una caricatura de sí mismo. Esto ocurre
siempre, como en el juego en el que
una frase susurrada que da la vuelta a la habitación
acaba en algo completamente distinto.
Es el principio lo que hace las obras de arte tan diferentes
de lo que pretendió el artista. A menudo éste descubre
que ha omitido lo que se puso a decir
en primer lugar. Seducido por flores,
placeres explícitos, se culpa (aunque
secretamente satisfecho con el resultado), imaginando
que tuvo algo que decir y ejerció
una opción de la que apenas fue consciente,
ignorante de que la necesidad sortea tales resoluciones
para crear algo nuevo
por su cuenta, que no hay otra manera,
que la historia de la creación procede según
leyes estrictas y que las cosas
se hacen de este modo, pero nunca las cosas
cuya realización emprendimos y que tan desesperadamente
queríamos
ver nacer. El Parmigianino
debió darse cuenta de esto mientras trabajaba
en su tarea obstructora de vida. Uno se ve forzado a atribuir
la realización perfectamente plausible de un propósito
al terso, quizá incluso suave (pero tan
enigmático) acabado. ¿Acaso hay algo
que merezca tomarse en serio fuera de esta otredad
que se incluye en las formas
más corrientes de la actividad cotidiana, cambiándolo todo
ligera y profundamente, y arrancando la materia
de la creación, cualquier creación, no sólo la artística,
de  nuestras  manos  para instalarla en  alguna monstruosa,
próxima
cima, demasiado cercana para no hacer caso, demasiado lejana
para que uno intervenga? Esta otredad, este
«no ser nosotros» es cuanto bay que mirar
en el espejo, aunque nadie pueda decir
cómo llegó a ser de este modo. Un barco
enarbolando colores desconocidos ha entrado en el puerto.
Estás permitiendo a materias ajenas
quebrar tu día, nublar el foco
de la bola de cristal. Su escenario se pierde a la deriva
como vapor esparcido en el viento. Las fértiles
asociaciones mentales que hasta ahora venían
tan fácilmente, ya no aparecen, o rara vez. Sus
coloridos son menos intensos, desteñidos
por lluvias y vientos otoñales, echados a perder, embarrados,

devueltos a ti porque no valen nada.
Pero somos animales de costumbres en tan gran medida que sus

implicaciones todavía rondan en permanence, confundiendo las

cosas. Tomarse en serio tan sólo el sexo
es tal vez un camino, pero las arenas sisean
al acercarse al comienzo del gran deslizamiento
en lo que ocurrió. Este pasado
está ahora aquí: el rostro
reflejado del pintor, en el que nos demoramos, recibiendo
sueños e inspiraciones en una frecuencia
no designada, pero los tintes se han hecho metálicos,
las curvas y bordes no son tan ricos. Cada persona
tiene una gran teoría para explicar el universo
pero éstas no cuentan la historia entera
y al final es lo que está fuera de cada uno
lo que importa, para él y sobre todo para nosotros
que no hemos recibido ningún tipo de ayuda
para descifrar nuestro inmenso cociente y debemos apoyarnos
en conocimientos de segunda mano. Sin embargo yo sé
que el gusto de cualquier otro no va a ser
de ninguna ayuda, y se le podría también no hacer caso.
Pareció una vez tan perfecto: brillo sobre la delicada
piel pecosa, labios humedecidos como a punto de abrirse
liberando el habla, y el familiar aspecto
de las ropas y muebles que uno olvida.
Este podría haber sido nuestro paraíso: exótico
refugio dentro de un mundo exhausto, pero eso no estaba
en las cartas, porque no podría haberse tratado
de eso. Remedar la naturalidad puede ser el primer paso
para alcanzar una calma interior
pero es tan sólo el primer paso, y a menudo
queda como un congelado gesto de bienvenida grabado al
aguafuerte
en el aire que detrás se materializa,
una convención. Y verdaderamente no tenemos
tiempo para convenciones, salvo utilizarlas
para prender fuego. Cuanto antes se quemen
mejor para los papeles que tenemos que interpretar.
Te lo imploro por tanto, retira esa mano,
no la ofrezcas ya más como escudo o saludo,
escudo de un saludo, Francesco:
en la recámara hay sitio para una bala:
nuestro mirar por el otro extremo
del telescopio mientras tú retrocedes a una velocidad
mayor que la de la luz para al final aplanarte
entre los rasgos de la habitación, una invitación
nunca echada al correo, el síndrome de «fue todo
un sueño», aunque el «todo» dice bastante
sucintamente que no lo fue. Su existencia
fue real, aunque turbulenta, y el dolor
de este sueño que despierta no puede nunca acallar
el diagrama todavía esbozado en el viento,
elegido, pensado para mí y materializado
en el disimulado resplandor de mi habitación.
Hemos visto la ciudad: es el ojo protuberante
y reflejado de un insecto. Todas las cosas ocurren
en su balcón y se resumen en el interior,
pero la acción es el frío y empalagoso flujo
de una cabalgata. Uno se siente recluido en exceso,
cerniendo la luz del sol de abril a la busca de pistas,
en la mera quietud de la tranquilidad de su
parámetro. La mano no sostiene tiza
y cada parte del todo se desprende
y no puede saber que supo, excepto
aquí y allá, en fríos bolsillos
de remembranza, susurros salidos del tiempo.


("marcelo leites", trad. javier marías)

domingo, 10 de septiembre de 2017

Uriel Martínez (1950 )

Regresé de la peluquería



Regresé de la peluquería con
las orejas grandes y el cuello
limpio antes de aplicarme
la mascarilla de la semana.

Quiero darle la bienvenida
al mes de agosto después
de un julio lluvioso, soleado
y cálido, de 36 grados C.

Mientras la mascarilla hace
su tarea he puesto el CD de
The Platters que tanto te gustaba
escucharlo a esta hora del día.

Quizá luego, después de la siesta,
la comida y el sol en la distancia
prepare una merienda ligera,
para no morir en el intento.

Mientras el sol muestre sus brasas
a modo de despedida, termine de girar
el disco una y otra vez y haya transcurrido
al fin el día, aquí sigas, quizá

Invisible como una presencia
que no termina de irse ni de manifestarse.

Con la cara lavada en agua fría
me limpiaré los residuos.

Residuos que aún perduran
pese a nuestros lejanas exequias.


[Inédito]

sábado, 9 de septiembre de 2017

Enrique Molina (1910/1997 )

Amantes vagabundos


Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
Temblando suavemente
Los hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!
Dormíamos al azar con montañas o chozas
Bajo las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto al árbol de paso que se aleja
A menudo asomados a ventanas en ruinas
A balcones en llamas o en cenizas

En esos lechos de comarca
La lluvia es igual a los besos te desnudabas
Girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
Belleza impune belleza insensata
Pero sólo una vez sólo una vez
Juega el amor sus dados de ladrón del destino:
Si pierdes puedes saborear el orgullo
De contemplar tu porvenir en un puñado de arena.
¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro.
Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de semilla
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
-Desvarío tiempo y consumación-
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en jirones y una vieja victrola con la misma canción inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.


("el placard")

viernes, 8 de septiembre de 2017

Eduardo Chirinos (1960/2016 )

En las riveras del Maici



En las riberas del Maici, un pequeño tributario del Amazonas brasileño, viven los indios Pirahã. Estos indios creen que la concepción de un nuevo cuerpo es provocada por el susto de una mujer cuando está menstruando. Creen también que ese susto (causado por motivos tan diversos como la presencia de un animal salvaje, la picadura de un insecto o el disparo de un arma) se encuentra ligado al lugar donde ocurrió. Para los Pirahã el territorio es algo que cada uno lleva en el cuerpo. Me gusta esa idea. Y me perturba. Río arriba, cruzando la frontera con el Perú, se encuentra Iquitos. Nunca he visitado esa ciudad. Fue ahí donde me concibieron mis padres.


("pájaros lanzallamas")

jueves, 7 de septiembre de 2017

Mark Strand (1934/2014 )



Detrás de la pregunta por la importancia de esa oscuridad que produce una sensación de encierro, o al menos de limitación, en los cuadros de Hopper, se encuentra el cuestionamiento de nuestro modo de afrontar el tiempo: qué hacemos con él y qué hace él de nosotros. En muchos cuadros de Hopper hay una espera aconteciendo. La gente a la que Hopper pinta parece no tener nada que hacer. Son como personajes que se hubiesen quedado sin un papel que desempeñar, y ahora, atrapados en el espacio de su espera, deben hacerse compañía, sin lugar adonde ir, sin futuro.


("pájaros lanzallamas", trad. juan antonio montiel)

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Yolanda Pantin (1954 )

Los que van a morir



Hay dos millones de historias
en la ciudad desnuda

con qué indiferencia escuchamos
de la boca de los otros
ha muerto alguien hemos roto el vínculo

Llueve llueve sobre el lago
Rosas en el cielo
Amarillo

Nada nos importa

Estos son nuestros miedos
nuestros besos nocturnos

quebrar los sueños y el cuello
de los otros

y orar


–profundamente



("pájaros lanzallamas")

martes, 5 de septiembre de 2017

Jude Nutter

Epitafio en la interestatal 80



Un milagro, sólo mira alrededor: la tierra insoslayable — Wislawa Szymborska

El mundo es una tumba. Con todas sus salidas cerradas. La única
estación al alcance es Radio Peregrino, cuyos predicadores hablan sobre tu necesidad
de penitencia y salvación y tratan de convencerte de que el cuerpo
nunca es digno. A pesar de que sepas que la soledad
que sientes en el paisaje es solo un eco de la tumba del cuerpo
y una tristeza particular, escuchas: luz conectándose a la mugre

con un suspiro, como la hoja de una guillotina; los muertos disolviéndose en la mugre.
Campos del tamaño de países pequeños. Ganado muerto. El resto de la manada sólo
pastoreando feliz, retocando los huecos y las tumbas
de sus cuerpos. Incluso –te dicen los predicadores-  si sucumbes a la necesidad
y encuentras a alguien lo suficientemente bello como para tentarte a salir de la soledad
hacia el deseo, aun así todavía puedes darle la espalda a los placeres del cuerpo

y encontrar tu camino de regreso al sufrimiento del cuerpo
encendiendo un fósforo y deslizando tus dedos en las llamas. La mugre
del mundo deambula por las cavidades del corazón. ¿Qué otra soledad
esperas? El mundo es una tumba, es el único espejo
de la mente. Los muertos están contigo, parte del viaje: ultrajes de hambre y necesidad
en el asfalto; ampollas de carne en la llanta del neumático. Pequeñas tumbas abiertas.

Y esos predicadores que creen que la carne no es más que una tumba,
que arden, literalmente, por lujuria y belleza; hombres para los que el cuerpo
es un ataúd en el que viaja y bombea el corazón,
día tras día, cavidad por cavidad, el abono y desechos y mugre
de sus propios deseos; hombres para los que el alma es una moneda nueva, la única
que no se acuña para ser gastada (con ese ahorro, seguramente, no se compra otra
/cosa que soledad)

me pregunto qué harían con tu soledad
si supieran cómo te tiene de rodillas, ahora, como al lado de una tumba,
cerca de una cierva en el pasto junto al camino; cómo es solo
en la muerte que su lengua colgando de la boca forma un puente entre el cuerpo
/y la mugre;
cómo ya no necesitas esas llaves que cargaste una vez —plegarias y súplicas—.

Cuando al fin te levantas hay las dos marcas de tus rodillas
en el pasto y descubres entonces el verdadero estandarte de la soledad,
la piel desollada del lomo de una cierva arrastrando su carne contra la mugre;
el destello repentino de un letrero como algo que jamás imaginaste de una tumba,
pero como el forro de un saco que una mujer puede tirarse encima, como al descuido,
cuando se pasea en un strapless con su amante, el único

hombre que jamás necesitará, aun después de que la hayan hundido, finalmente,
/en su tumba.
Sea como fuere el modo en que lo mires, la soledad del mundo comienza en el cuerpo.
Y el cuerpo gana su mugre, y todo su placer, sólo en este mundo.


("otra iglesia es imposible", trad. silvia camerotto)

lunes, 4 de septiembre de 2017

Luis Alberto de Cuenca (1950 )

Volveremos a vernos



Volveremos a vernos donde siempre es de día
y los feos son guapos y eternamente jóvenes,
donde los poderosos no abusan de los débiles
y cuelgan de los árboles juguetes y tebeos.

En ese hogar de luz que no hiere los ojos
volveremos tú y yo a decirnos bobadas
cogidos de la mano, viendo morir las olas
sin agobios ni prisas, donde el sol no se pone.

Y viviré en tus labios el amor que la Tierra
sintiera por el Cielo cuando el mundo era un niño,
y el tiempo dejará de salmodiar su lúgubre

canción de despedida mientras nos abrazamos.


("rua das pretas")

domingo, 3 de septiembre de 2017

Tennesse Williams (1911/1983 )




Háblame como la lluvia y déjame escuchar


Personajes
Hombre
Mujer
Voz de niño

Escena única

Una habitación amueblada al oeste de la Octava Avenida en la zona central de Manhattan. En una cama plegable está echado un hombre vestido con una camiseta arrugada, despertándose con los suspiros de quien se acostó muy borracho. Una mujer está sentada en una silla junto a la única ventana de la habitación, vagamente delineado su perfil sobre un cielo preñado de lluvia que todavía no ha comenzado a caer. La mujer tiene en la mano un vaso de agua que va bebiendo de a pequeños sorbos, a sacudidas, como bebería un pájaro. Los rostros de ambos son jóvenes y desmedrados, como los rostros de los niños en un país donde hay hambre. Se hablan con una especie de cortesía, una especie de formalidad afectuosa como la de dos niños solitarios que quieren ser amigos; y, sin embargo, dan la impresión de haber vivido juntos durante mucho tiempo, y de que la presente escena entre ellos es la repetición de una escena tantas veces vivida que su contenido emocional plausible, como el reproche y el arrepentimiento, está totalmente gastado, y no queda nada más que la aceptación de algo irremediablemente inalterable entre ellos.


HOMBRE (Con voz ronca): ¿Qué hora es? (La mujer murmura algo inaudible) ¿Qué, cariño?
MUJER: Domingo.
HOMBRE: Ya sé que es Domingo. Nunca das cuerda al reloj.
(La mujer alarga el brazo, un brazo desnudo y delgado que sale de la deshilachada manga de su quimono de seda rosa y coge el vaso de agua, cuyo peso parece inclinarla un poco hacia delante. Desde la cama el hombre la observa muy serio, con ternura, mientras ella bebe agua. Empieza a oírse una música tenue, vacilante, con una frase que se repite varias veces, como si en la habitación contigua alguien estuviese tratando de recordar una canción en una mandolina. A veces se oye cantar una frase en español. La canción podría ser Estrellita. Empieza a llover; a lo largo de la obra cesa y se reanuda la lluvia varias veces. Una bandada de palomas pasa aleteando junto a la ventana y se oye la voz de un niño que canta fuera…)
VOZ DE NIÑO: Lluvia, lluvia, vete y vuelve otro día.
(Otro niño repite la canción en son de burla más lejos.)
HOMBRE (Por fín): Me pregunto si cobré el cheque del seguro de paro. (La mujer se inclina hacia delante como si le pesara el vaso de agua; lo deja en el reborde de la ventana con un pequeño chasquido que parece asustarla. Ríe, jadeando, por unos momentos. El hombre continúa, sin mucha esperanza.) Espero no haber cobrado mi cheque. ¿Dónde está mi traje? Mira en los bolsillos, a ver si lo llevaba encima.
MUJER: Volviste mientras yo estaba en la calle buscándote, y cogiste el cheque y dejaste sobre la cama una nota que no pude descifrar.
HOMBRE: ¿No pudiste descifrar la nota?
MUJER: Sólo un número de teléfono. Llamé, pero había tanto ruido que no entendí nada.
HOMBRE: ¿Ruido? ¿Aquí?
MUJER: No, allí.
HOMBRE: ¿Dónde era “allí”?
MUJER: No lo sé. Alguien me dijo que fuera y colgó; y después ya sólo daba la señal de comunicar…
HOMBRE: Cuando me desperté estaba en una bañera llena de cubitos de hielo medio derretidos y de cerveza High Life de Miller. Tenía la piel azul. Estaba ahogándome en una bañera llena de cubitos de hielo. Era cerca de un río, pero no sé si era el río Este o el Hudson. En esta ciudad le hacen a uno cosas terribles cuando está inconsciente. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran tirado a puntapiés por una escalera. No como si me hubiera caído, sino como si me hubieran dado puntapiés. Una vez recuerdo que me afeitaron la cabeza. Otra vez me metieron en un cubo de basura que había en un callejón, y salí de allí con cortes y quemaduras en todo el cuerpo. La gente depravada abusa de uno cuando se está inconsciente. Cuando desperté estaba desnudo en una bañera llena de cubitos de hielo medio derretidos. Salí de allí arrastrándome y fui al salón, y al entrar yo alguien salía por la otra puerta, y yo abrí la puerta y oí cerrarse la del ascensor y vi las puertas de un pasillo de un hotel. Estaba puesta la televisión y al mismo tiempo sonaba un disco; el salón estaba lleno de mesas de ruedas cargadas de cosas que debían haber subido los camareros del hotel, y jamones enteros, pavos enteros, sándwiches de tres pisos, fríos, que se estaban poniendo secos, y botellas, y botellas, y más botellas de toda clase de bebidas, que ni siquiera se habían abierto, y recipientes con cubitos derritiéndose. Alguien cerró una puerta al entrar yo… (La mujer toma sorbos de agua) Cuando entré alguien se marchaba. Oí cerrarse una puerta y fui a la puerta y oí la puerta de un ascensor cerrarse… (La mujer deja el vaso) Por el suelo de aquel apartamento junto al río…, cosas, ropas… esparcidas… (La mujer se sobresalta un poco al pasar junto a la ventana abierta una bandada de palomas) Sostenes…, pantalones…, camisas, corbatas, calcetines… y muchas cosas más…
MUJER (Débilmente): ¿Ropas?
HOMBRE: Sí, toda clase de prendas personales, y vidrios rotos, y muebles volcados como si hubiese habido allí un zafarrancho general y hubiese entrado en el apartamento… la Policía…
MUJER: Oh…
HOMBRE: Debió haber una lucha muy violenta… allí…
MUJER: ¿Tú estabas…?
HOMBRE: En la bañera, entre… el hielo…
MUJER: Oh…
HOMBRE: Y recuerdo que cogí el teléfono para preguntar qué hotel era, pero no recuerdo si me lo dijeron o no… Dame un sorbo de ese agua. (Ambos se levantan y se encuentran en el centro de la habitación. Se pasan muy serios el vaso de uno a otro. Él se enjuaga la boca, mirándola gravemente, y cruza la habitación para escupir por la ventana. Después regresa al centro de la habitación y le devuelve a ella el vaso. Ella toma un sorbo de agua. Él pone sus dedos con ternura sobre el largo cuello de ella.) Ya he recitado la letanía de mis desgracias. (Pausa. Se oye la mandolina.) Y tú, ¿no tienes nada que contarme? Háblame, dime algo de lo que pasa detrás de tu… (Sus dedos recorren la frente y los ojos de ella. Ella cierra los ojos y levanta una mano como para tocarle. Él le coge la mano y la mira volviéndola, y después oprime los dedos contra sus labios. Cuando se la suelta ella le roza con los dedos. Acaricia su pecho delgado y liso, como el de un niño, y luego sus labios. Él levanta la mano y desliza sus dedos por el cuello y el escote de su quimono a medida que se afirma el sonido de la mandolina. Ella se vuelve y se apoya en él, reclinando la cabeza en su hombro; y él sigue recorriendo con los dedos la curva de su cuello y dice:) Hace tanto tiempo que no estamos juntos de verdad. Vivimos juntos como dos extraños. Encontrémonos y quizá no nos perdamos. ¡Háblame! ¡Yo he estado perdido! … Pensaba mucho en ti, pero no podía llamarte, cariño. Pensaba en ti todo el tiempo, pero no podía llamar. ¿Qué iba a decir si llamaba? ¿Iba a decir, estoy perdido? ¿Perdido en la ciudad? ¿Circulando como una tarjeta sucia entre la gente? Y después colgar… Me siento perdido en esta… ciudad.
MUJER: ¡Desde que te fuiste no he tomado más que agua! (Lo dice casi alegremente, riéndose de lo que dice. El hombre la estrecha contra sí con un gemido suave, emocionado.) ¡Nada más que café en polvo, hasta que se acabó, y agua! (Ríe compulsivamente)
HOMBRE: ¿Puedes hablarme, cariño? ¿Puedes hablarme ya?
MUJER: ¡Sí!
HOMBRE: Pues háblame como la lluvia y… déjame escuchar, déjame estar ahí echado y escuchar… (Se tumba en la cama y se da la vuelta, quedando boca abajo, con un brazo colgando por un lado de la cama y golpeando de cuando en cuando el suelo con los nudillos. La mandolina continúa.) Hace demasiado tiempo que no hablamos… abierta y claramente. Cuéntame cosas. ¿Qué has estado pensando en silencio? Mientras yo he circulado como una postal sucia por esta ciudad… ¡Dime, háblame! Háblame como la lluvia, y yo estaré aquí echado y escucharé.
MUJER: Yo…
HOMBRE: ¡Tienes que hacerlo, es necesario! ¡Tengo que saber, así es que háblame como la lluvia y yo te escucharé, aquí echado, te escucharé…!
MUJER: Quiero irme de aquí
HOMBRE: ¿Quieres irte?
MUJER: ¡Quiero irme de aquí!
HOMBRE: ¿Cómo?
MUJER: ¡Sola! (Vuelve a la ventana) Me instalaré con un nombre supuesto en un pequeño hotel de la costa…
HOMBRE: ¿Con qué nombre?
MUJER: Anna… Jones… La camarera será una viejecita que tenga un nieto y hable de él… Yo me sentaré en la silla mientras la viejecita hace la cama, con los brazos colgando… a los lados y… su voz será… apacible… Me contará lo que cenó su nieto…, tapioca y leche… (Se sienta junto a la ventana y bebe sorbos de agua.) La habitación será umbrosa, fresca y estará llena del murmullo de la…
HOMBRE: ¿Lluvia?
MUJER: Sí. De la lluvia.
HOMBRE: ¿Y…?
MUJER: ¡La ansiedad… desaparecerá!
HOMBRE: Sí…
MUJER: Al cabo de un rato la viejecita dirá: ya tiene la cama hecha, señorita; y yo le diré: gracias… Coja un dólar de mi monedero. Se cerrará la puerta. Y me quedaré otra vez sola. Las ventanas serán altas, con largos postigos azules, y habrá una temporada de lluvia…, lluvia…, lluvia… Mi vida será como la habitación, fresca, umbrosa y… llena del murmullo de la…
HOMBRE: Lluvia…
MUJER: Todas las semanas, sin falta, el correo me traerá un cheque. La viejecita me cobrará los cheques y me traerá libros de una biblioteca y recogerá… la ropa de la lavandería… ¡Siempre llevaré ropa limpia!... Me vestiré de blanco. Nunca seré muy fuerte ni me quedarán muchas energías, pero pasado algún tiempo tendré las suficientes para pasear por la explanada, para pasear por la playa sin esfuerzo… Por las tardes pasearé por la explanada que bordea la playa. Elegiré una playa donde ir a sentarme, no lejos de la glorieta donde la banda toca selecciones de Víctor Herbert mientras oscurece… Tendré una habitación grande, con postigos en las ventanas. Habrá una temporada de lluvia, lluvia, lluvia. Y me sentiré tan agotada después de mi vida en la ciudad que no me importará estar sin hacer nada, simplemente oyendo caer la lluvia. Estaré tan tranquila. Las arrugas desaparecerán de mi cara. No se me inflamarán nunca los ojos. No tendré amigos. No tendré siquiera conocidos. Cuando sienta sueño regresaré despacio al pequeño hotel. El empleado dirá: buenas noches, señorita Jones; y yo me limitaré a sonreír apenas y cogeré mi llave. Nunca ojearé siquiera un periódico ni oiré la radio; no tendré ni idea de lo que ocurre en el mundo. No tendré conciencia del paso del tiempo… Un día me miraré al espejo y veré que mi cabello está empezando a ponerse gris, y por primera vez me daré cuenta de que he estado viviendo en ese pequeño hotel bajo un nombre supuesto, sin amigos ni conocidos ni relaciones de ninguna clase durante veinticinco años. Me sorprenderá un poco, pero no me preocupará. Me alegraré de que el tiempo haya pasado tan sin sentir. De cuando en cuando quizá vaya al cine. Me sentaré en la última fila, con toda esa oscuridad en torno mío y unas figuras inmóviles sentadas junto a mí, ignorándome, mirando la pantalla. Personas imaginarias. Personajes inventados. Leeré largos libros y los diarios de escritores muertos. Me sentiré más cerca de ellos de lo que me he sentido nunca de las personas que conocía antes de retirarme del mundo. Será grata y sedante esta amistad mía con poetas muertos, porque no tendré que tocarlos ni que responder a sus preguntas. Me hablarán sin esperar mi respuesta. Y me vendrá el sueño escuchando sus voces que me explicarán misterios. Me quedaré dormida con el libro todavía entre las manos y lloverá. Despertaré, oiré la lluvia y me volveré a dormir. Una temporada de lluvia, lluvia, lluvia… Después, un día, al cerrar el libro o al volver sola del cine a las once de la noche, me miraré al espejo y veré que mi cabello se ha vuelto blanco. Blanco, blanco del todo. Tan blanco como la espuma de las olas (Se levanta y pasea por la habitación mientras habla.) Recorreré mi cuerpo con las manos y percibiré lo asombrosamente delgada e ingrávida que me he quedado. ¡Oh, Dios mío, qué delgada estaré! Casi transparente. Apenas real, ya. Entonces advertiré, sabré, un tanto confusamente, que he permanecido allí, en ese pequeño hotel sin… relaciones sociales, responsabilidades, inquietudes ni perturbaciones de ninguna clase… durante casi cincuenta años. No recordaré siquiera los nombres de las personas que conocía antes de llegar allí, ni qué se siente cuando se espera a alguien que… puede no venir… Entonces sabré –mirándome al espejo- que ha llegado el momento de pasear sola una vez más por la explanada, con un viento fuerte azontádome, el viento limpísimo que sopla desde el confín del mundo, desde más lejos aún, desde los fríos límites del espacio ultraterrestre, desde más allá de lo que haya más allá de los confines del espacio. (Se sienta otra vez, vacilante, junto a la ventana.) Entonces saldré y pasearé por la explanada. Pasearé sola y me iré adelgazando, adelgazando.
HOMBRE: Nena. Vuelve a la cama.
MUJER: ¡Cada vez más delgada, más delgada! (Él va hacia ella y la obliga a levantarse de la silla.) ¡Hasta que al final no tendré cuerpo ya y el viento me cogerá en sus fríos brazos blancos y me llevará para siempre!
HOMBRE (Le besa el cuello): ¡Vamos, ven a la cama conmigo!
MUJER: ¡Quiero irme, quiero irme de aquí! (Él la suelta y ella vuelve al centro de la habitación, sollozando inconteniblemente. Se sienta en la cama. Él suspira y se asoma en la ventana; la luz brilla a intervalos tras él y arrecia la lluvia. La mujer se estremece y cruza los brazos. Sus sollozos han cesado, pero respira con dificultad. La luz centellea y el viento gime fríamente. El hombre sigue asomado a la ventana. Por fín, ella le dice con voz suave…:) Vuelve a la cama. Vuelve a la cama, cariño…
(Él vuelve hacia ella su cara perdida mientras).



CAE EL TELÓN



("drama virtual.com", s/c traductor)

sábado, 2 de septiembre de 2017

Robert Hass (1941 )

Amanecer



Ay, amor, esto es miedo. Esto es miedo y sílabas
y el comienzo de la belleza. Hemos caminado por la ciudad,
un animal desollado que significa muerte, un dios híbrido
que canta en la desolación de la porquería y el dinero
una canción que el corazón es incapaz de recibir. De otro modo
viviremos afligidos, y los ordenados tonos monocromáticos,
las fauces mortíferas de aquel horizonte, nos sobrevivirán
como nosotros sobrevivimos al placer. Qué poca esperanza.
Qué feroz y pequeña privacía la del consuelo.
Qué deslumbramiento de pétalos para la pobre carne.

Ciegos, con ojos como estrellas, como flores astrales,
desde la cegatona enfermedad copulante de las bestias
nos erguimos, agitados como truchas en el aire hendido,
aterrados, mientras el rayo escarlata del sol
se arrastra desde la imaginación del estanque
de un mar de muerte. Pez, topo,
somos las criaturillas aturdidas
dentro de estas resurrecciones humanas, las noches
que la ciudad celebra y profana. Desde ahí
,todos vamos caminando lentamente a las escalas marinas
desde el susurro encapuchado de las olas,
la polifonía mesurable. Estrellitas,
y ciega el hambre bajo el sol,
nos buscamos y nos volvemos a buscar
en el aire materno de lo que queremos

Por eso el ciego Orfeo celebra el amor
y el amor nos saca los ojos
y todos los amantes van husmeando su camino hasta Dover.
Por eso la inocencia cuenta tanto,
Venus resulta la menos santa en las actitudes de la vergüenza.
He aquí a las criaturas perdidas y la profunda dulzura de la pulpa,
un azul tamborileo sobre el hueso formado, río,
flama, mercurio. No es el fuego
que ansiamos ni las cenizas. Es la hora quieta,
un venado que viene lento hasta el arroyo al anochecer,
la mesa puesta para la abstinencia, ventanas
llenas de flores como el verano en la provincia
que se desvanece cuando la palidez de medio rostro de la luna
se alza sobre la oscura línea de lino de los montes.


("pájaros lanzallamas", trad. pura lópez colomé)

viernes, 1 de septiembre de 2017

Zbigniew Herbert (1924/1998)

Un país


Justo en un rincón de este viejo mapa hay un país que añoro. Es la patria de las manzanas, las colinas, los ríos perezosos, del vino agrio y del amor.  Por desgracia una araña tejió sobre él su tela y con su viscosa saliva cerró las aduanas del sueño.


     Y siempre es así: el ángel con la espada de fuego, la araña y la conciencia.


("pájaros lanzallamas", trad. xaverio ballester)

jueves, 31 de agosto de 2017

Maria do Rosário Pedreira (1959 )

Nómada


Se sentó en el puerto y abrió para quienes lo escuchaban
su libro de viajes.
Había conocido las montañas heladas del norte y atravesado de noche
blancas y densas selvas, acosado por los osos. Había cruzado
ciudades luminosas donde las mujeres tenían el cabello rubio,
pero nadie hablaba su idioma; y se dejó arrastrar
por los vientos hasta las playas cálidas del sur donde adquirió
piel morena y ojos verdes. Después
se instaló provisionalmente en las ruinas de un viejo continente
donde fue monje, amante, hombre letrado, y enseñó a las niñas
de un claustro blanco los rudimentos de la lectura. Y, por fin,
partió hacia uno de los confines del mundo,
donde lo tomaron por el último marinero y lo persiguieron.
Había perdido a dios en su camino y volvió hacia atrás.
Por lo que recordaba, tenía una pequeña herida en la voz:
en ningún lugar había hallado aún el nombre de su casa.


("emma gunst", trad. verónica aranda)

miércoles, 30 de agosto de 2017

Donizete Galvao (1955/2014 )

Arte poética


La lengua de la vaca

lame con gusto

la sal del comedero

y si no queda sal,

la memoria de la sal

la madera, el comedero,

hasta que todo quede

pulido por su lija.



La lengua de la vaca

recoge con agrado

el rastrojo meado

de ratón del fondo del granero

y muele, vuelve a moler y tritura

el maíz y la paja dura,

hasta que flores de espuma

broten en la comisura de la boca,

con un suave perfume de leche.



La lengua de la vaca

lame la cría trémula,

en un baño bautismal,

y engulle el mosto,

el gargajo amniótico,

y la lamerá todavía,

cuando casi novilla

exhiba la hija

pústulas en el lomo.

+++

Nina Simone


 Voz de taturana

que deja un rastro de fuego

por donde pasa.

Voz de sosa cáustica

royendo la carne

hasta excavar un foso.

Voz púrpura

de las cinco llagas

de la pasión.

Voz de acero

temperado con bourbon.

Voz de avatar,

del dios Visnú,

de San Juan de la Cruz

cantando blues.

Voz de negra vena,

voz de licántropo

aullando a la luna llena.


("vallejo and co., trad. joan navarro)


martes, 29 de agosto de 2017

Arturo Corcuera (1935/2017 )

Juego de espejos



(el poeta)
Para buscar imágenes
me sumerjo en el sueño,
para cazar sirenas
tiro mi anzuelo al espejo

(álbum de familia)
¡Oh, antiguo espejo,
adónde habrás guardado
la cara del abuelo!

(leyenda)
Cuentan los viejos
que los ríos
de antes
desembocaban
en los espejos

(suspenso)
¡Cuántos rostros por la borda,
ay, si el espejo se rebalsa
y se desborda!

(hallazgo)
habita un cisne de bruma
en el fondo del espejo:
ayer le arranqué una pluma

(ego)
¿Algún día, espejo,
enseñarás mi rostro
cuando no era viejo?


("hojas de vida" blogspot)

lunes, 28 de agosto de 2017

Antonio Orihuela (1965 )

Extremadura




Todos los negocios del mundo
se reducen a uno solo, Antonio,
robar a los pobres.

Por muchos nombres que le pongan,
por muy bonito que lo vistan,
este es el único negocio que hay en el mundo.

Yo pongo la tierra, las semillas, el agua, el trabajo,
y los beneficios se los llevan los intermediarios.

A mí me están pagando el kilo de tomates
a 20 céntimos,
pero si tú vas a comprarlos a la tienda
te lo cobran a dos euros.

¿Esto como es posible?,
pues porque en el mundo hay listos y tontos,
y a nosotros nos tocó estar entre los tontos.

Los tontos son los que trabajan desde niños,
los que tratan de vivir
haciendo el menor daño posible,
los que cumplen con las leyes, con el fisco;
los tontos son los que se resignan,
los que se conforman,
los que agachan la cabeza,
los que no quieren problemas;
los tontos son los que mueren por una patria
que te compra los tomates a veinte céntimos.

Cada cinco minutos nace un tonto.
Extremadura es uno de los sitios
donde más tontos nacen de toda España,
no lo digo yo, lo dicen las estadísticas.

Pero yo me pregunto,
y un tío que es multimillonario,
que tiene millones y millones,
¿para qué quiere más,
qué necesidad tiene de seguir robando?

¿Es que a la hora de acostarse,
se puede meter en más de una cama?


("rua das pretas")

domingo, 27 de agosto de 2017

Uriel Martínez (1950 )

La taza



La taza donde no posaste
tus labios ahí sigue
en el alféizar de la noche.
En la ventana donde esperó
las alas tenues de una boca
poco a poco se enfrió.
Luego vino la madrugada
de abrigos gélidos
y discretamente le abrió
heridas nuevas.
Pasaron nubes, se desvanecieron
arco iris, huyeron aves sin plumas
pero no llegaste, no viniste, no nada.

+++

Oración



Buenos días mingitorio
de acero inoxidable
donde muchos llegan
y descargan penas
preocupaciones negras
puertas al campo.

Buenos días muebles
albos, exentos de pena
cansancio y vida.

Oren por mí oscuros
manantiales, oren
cristal de roca,
rueguen por aquellas
que de madrugada
lloran por el niño
perdido
en ciegos cauces.



[Inéditos]

sábado, 26 de agosto de 2017

Margaret Atwood (1939 )

Poema nocturno



No hay nada a qué temerle,
es sólo el viento
cambiando hacia el este, es sólo
tu padre el trueno
tu madre la lluvia

En este país de agua
con su luna parduzca húmeda como un hongo,
sus tocones ahogados y largas aves
que nadan, donde el musgo crece
en todos los lados de los árboles
y tu sombra no es tu sombra
sino tu reflejo,

tus verdaderos padres desaparecen
cuando las cortinas cubren la puerta.
Somos los otros,
los de abajo del lago
que silentes estamos al pie de tu cama,
con nuestras cabezas de oscuridad.
Hemos venido a cubrirte
con lana roja,
con nuestras lágrimas y susurros distantes.

Te meces en los brazos de la lluvia
la fría arca de tu dormir,
mientras nosotros esperamos, tus nocturnos
padre y madre
con nuestras manos frías y lámparas muertas,
sabiendo que solamente somos
las oscilantes sombras lanzadas
por una vela, en este eco
que escucharás veinte años después.


("periódico de poesía", no. cien, trad. daniela birt)

viernes, 25 de agosto de 2017

Juan Rodolfo Wilcock (1919/1978 )

Deshacerme


Extiendo hacia mi pasado
vanos tentáculos de sueño
para capturar objetos, papeles
que quizás no existen más;
sin embargo,
como un remordimiento,
sé que mis riquezas
simbólicas todavía están allá,
en aquella casa hoy cerrada,
jaula de un loco y de una vieja:
mis retratos de entonces,
el sellito con mi nombre,
y yo, yo por todas partes,
en los espejos, sobre las paredes.
Vamos, debo ir a desmantelar
ese templo de mí mismo,
saquear, regalar
a los museos mis muebles
más insólitos y tirar lo demás,
exorcizar ese lugar
destinado a mi culto,
morir sin dejar
huellas vergonzosas u otras,
deshacerme de todo, irme
así como he venido.


("periódico de poesía", no. cien, trad. jeremías bourbotte)

jueves, 24 de agosto de 2017

Claudia Masin (1972 )

La helada



Quien fue dañado lleva consigo ese daño,
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos
inocentes ante esto, como es inocente una helada
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío,
su necesidad de caer, había esperado
-formándose lentamente en el cielo,
en el centro de un silencio que no podemos concebir-
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,
aunque en ese rapto destroces la tierra,
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,
en el trabajo de mantener el mundo a salvo,
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,
porque lo que nos damos los unos a los otros,
aún el terror o la tristeza,
viene del mismo deseo: curar y ser curados.


("el poeta ocasional")

miércoles, 23 de agosto de 2017

Adam Zagajewski (1945 )

En defensa del adjetivo



A menudo nos repiten que debemos suprimir los adjetivos. Un buen estilo —oímos decir— puede prescindir perfectamente del adjetivo; le basta el arco sólido del sustantivo y la flecha ubicua del verbo. Y, sin embargo, el mundo sin adjetivos es triste como el quirófano en el día de domingo. Una luz azulina se filtra a través de las ventanas frías, zumban en voz baja los mustios tubos fluorescentes.
     El sustantivo y el verbo son suficientes para los soldados y los dirigentes de los países totalitarios. Porque el adjetivo es el garante indeleble de la individualidad de los objetos y las personas. He aquí un montón de melones en un tenderete. Para un adversario de los adjetivos la situación no presenta ninguna dificultad. «Los melones están en el tenderete». Y lo cierto es que un melón es amarillento como la tez de Talleyrand mientras discurseaba en el Congreso de Viena, otro es verde, inmaduro y lleno de arrogancia juvenil, y hay uno que tiene la cara chupada y se ha sumido en un silencio profundo y fúnebre como si no pudiera acabar de despedirse de los campos de Provenza. No hay dos melones iguales. Algunos son oblongos, otros rechonchos. Duros o blandos. Huelen a campiña y a amaneceres o están secos, resignados a todo, asesinados por el transporte, por la lluvia, por las manos de unos desconocidos y por el cielo plomizo de un suburbio parisino.
     El adjetivo es para la lengua lo que el color para las artes plásticas. Pongamos por caso a ese señor de edad provecta que se ha sentado a mi lado en el vagón de metro: ¡es una mina de adjetivos! Finge dormitar, pero observa a los pasajeros por debajo de los párpados entornados. Por su rostro vaga una sonrisa guasona que a ratos se convierte en un mohín irónico. No sé si lo que habita en su interior es un desespero apacible, cansancio o un sentido del humor inmune a la acción destructora del tiempo.
     El ejército limita la cantidad de adjetivos. Sólo el adjetivo «uniforme» parece complacer sus ojos sin color. Ropa uniforme, carabinas uniformes. Quien, después de unas maniobras, se pone el traje de civil para ir a dar un garbeo por una ciudad de civiles recuerda la increíble explosión de adjetivos, colores, matices, formas y diferencias con la que saluda el cosmos repleto de individualidades bien marcadas.
     ¡Viva el adjetivo! Pequeño o grande, olvidado o actual. ¡Te necesitamos, oh adjetivo maltratado por los puristas! ¡Nos haces falta, oh adjetivo moldeable y esbelto que yaces ingrávido, ojo avizor, sobre los objetos y las personas, velando por que no se pierda el sabor vivificante de la individualidad! Ciudades sombrías y calles bañadas en un sol pálido y cruel. Nubes del color de las alas de las palomas y grandes nubarrones negros rebosantes de ira: ¿qué sería de vosotras sin las alígeras flotillas de adjetivos que siguen vuestra estela?
     La ética no sobreviviría ni un solo día sin adjetivos. Bueno, malo, artero, magnánimo, vengativo, apasionado, noble —he aquí unos vocablos que brillan como la cuchilla de la guillotina.

   Y, si no fuera por los adjetivos, tampoco habría recuerdos. La memoria está construida con adjetivos. Una calle larga, un día tórrido de agosto, un portillo chirriante que conduce al jardín y allí, entre las grosellas recubiertas de polvo estival, tus ingeniosos dedos («tus» también es un adjetivo —sólo que posesivo—).


("pájaros lanzallamas", trad. j. slamowirski y a. rubió)

martes, 22 de agosto de 2017

Ballerina Vargas Tinajero (1976 )

Reflexión



Hay que ser muy cabrona
               una indeseable de hecho
Para ir llenando de sombras otros ojos
Descargando porque sí los palos
Sin mirar sobre quién
El daño que te hicieron

Huyes de la caricia esperando el golpe
Desprecias las palabras melosas
Porque tarde o temprano
Sentirás su filo candente
La miel olerá a azufre

Como una perra desconfiada
Que prefiere morir de hambre
A bajar la guardia y aceptar
De mano de nadie
Más veneno recubierto de huesos

Por suerte pequeña

Tú no eres así
Te dice tu mirada ausente
Que ya no te reconoce
Desde el otro lado del espejo
Contra el que se estampan
Una pulga desnortada
Y tu malgastado tiempo


("revista el humo")

lunes, 21 de agosto de 2017

Leonardo Sanhueza (1974 )

1984


Como todos los niños me enfermé del pulmón
pero esta vez me late que perdí el camino
y ahora voy por un campo de girasoles
del que no veo el comienzo ni el final.
A mi hijo quizá le gustaría estar aquí,
En este lugar que sólo él sabría imaginar,
cuando corren las sombras de la nubes
y queda su nieve negra entre los dedos.
Desde aquí escucho su voz por las noches
pero él todavía no escucha la mía.
Lo escucho crecer, saltar, detenerse.
Escucho sus puños azules, sus pasos
inseguros sobre la escarcha de los senderos.
Pero él no escucha nada de mí
y eso es lo que me dice por las noches
con su oscura voz de acero y hueso.


("pájaros lanzallamas")

domingo, 20 de agosto de 2017

Uriel Martínez (1950 )

Dolientes


Cómo acaricia su rostro
el paciente de artritis
en el espejo, en el silencio
de la noche, en noche cerrada;

Cómo recorre un cuerpo
duplicado en la luna
aquel doliente de Parkinson
sin hacer añicos al otro;

Cómo bajo la cauda del agua
se enjabona el cuerpo aquel
infectado de soledad,
de fiebre, de desamor;

Cómo viaja en el tren
de la alegría ese que va
bajo el sol, la lluvia,
el frío hablando solo;

Cómo adivinar intenciones
del suicida que cada mañana
renuncia a puertas, a su hambre;

a su cuerpo, a sus propios virus.


[Inédito]

sábado, 19 de agosto de 2017

Eduardo Chirinos (1960/2016 )

Bisontes


Antaño los bisontes manchaban la llanura
de un claro y suave marrón.

Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.
Era su casa. Su vasto
dominio que nadie se atrevía a profanar.

Los veranos
migraban hacia el norte donde el sol se apaga.
Los inviernos hacia el sur
donde languidecen las estrellas.

Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

Si hubo algún Dios en estas tierras

debió tener cara de bisonte.


("pájaros lanzallamas")

viernes, 18 de agosto de 2017

Vladimir Holan (1905/1980 )

Cuando llueve en domingo y tú estás solo



Cuando llueve en domingo y tú estás solo,
completamente solo,
abierto a todo, pero no llega ni el ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, solo, no eres más que tú,
!no esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe
lo que hay encima de él,
entonces el diablo es el único que sabe
lo que hay debajo de él.
El libro sostenido, el poema al caer...


("revista el humo" s/c al traductor)

jueves, 17 de agosto de 2017

Josep M. Rodríguez (1976 )

Ramas



A contraluz,

tu pulmón al desnudo.



Y en su interior

(aunque no puedas verlas)

ramas como de almendro o de avellano



y una especie de florecillas blancas

brotando en sus extremos:



Una radiografía.

La dejas otra vez sobre la mesa

que aún conserva intacta

su memoria de ramas, tronco y árbol



(la memoria no muere,

se transforma).



Ramas en tus pulmones

y en la mesa



y en el papel de un libro.



Todo es parte de todo,


un mismo árbol.

***

Primera visita al zoológico


Tenía doce años y mi madre
me regalaba un mundo para mí:

‒¿Si la tristeza fuese un animal?

‒Si la tristeza fuese un animal...
pues un escarabajo.

Y entonces le contaba que había días
en que ese escarabajo fabricaba
una bola muy grande en mi garganta.

Los ojos de mi madre eran de búho.
Parecía entenderme sin hablar.

‒¿Y cómo te imaginas ser mayor?

No sé qué respondí,
tenía doce años:

aún no comprendía que crecer
es ir al zoo
y sólo ver barrotes.


("círculo de poesía " + "rua das pretas")

miércoles, 16 de agosto de 2017

Cristian Aliaga (1962 )

Arte poética


Un poeta –un lobo sin cartel–
no muestra sus cartas, no baraja
de nuevo, no escancia vinos
que no es capaz de beber.
Es un animal procaz
que no ve detrás de las ventanas
sino más allá de las rejas,
un espectro sordo
que no domina su carga
y se entrega a ella.
Un poeta –un punto azul sobre la mesa–
no mira para ver
sino para abrir los ojos.


("rua das pretas")

martes, 15 de agosto de 2017

Mario Trejo (1926/2912 )

Ultimátum a un joven poeta



Que el pan sea pan y mar el mar
Basta de conjeturas
Murciélagos lunares o roedores de orquídeas Toda palabra tiene precio
Las palabras que atacan como rayos o víboras
Y también madre
Amigo
Y alcohol y cama y mesa
Y el hijo concebido a dulces empujones
Y los hongos que provocan destellos de amor
O resplandores de muerte
Y el poeta que cae bajo las balas
Como un sol que la noche acribilla

Que el pan sea pan y mar el mar
el agua eterna
Pero la sed eterna
Para poder decir al fin:
He hallado un pan junto al mar
Los buitres sobrevolaban mi amor
He mordido una orquídea
Los buitres disputaban un cuerpo querido
He guiado camiones y dormido en aserraderos
Los buitres devoraban a mi amada
Viajé de noche sobre la arena caliente
Invoqué los nombres secretos

Conjuré un maleficio
Contuve una catástrofe
Conduje un águila a su nido
He muerto con mis muertos y estoy vivo

Cuando llegué a la ciudad
Un loco vagaba por las calles
En su mirada había un cuchillo
Le di mi mano
Lo miré
Le hablé y mi voz duró entre los astros
Eramos sólo dos sobre la tierra
Pero éramos dos sobre la tierra

La soledad se hizo añicos
La poesía palabras


("life vest under your seat")

lunes, 14 de agosto de 2017

Ángela Figuera Aymerich (1902/1984 )

La otra orilla



A la orilla del río, en una orilla,
miro la otra: juncos, hierva suave,
troncos erguidos, ramas en el viento,
cielo profundo, vuelos desiguales...

¿Y esta orilla?... Mirarla, verla, verme,
estando aquí y allí; completa, ubicua...

Cuando te miro, amado -amor en medio-
también quisiera estar en la otra orilla.


("a media voz")

domingo, 13 de agosto de 2017

Jorge Teillier (1935/1996 )

Blue


Veré nuevos rostros
Veré nuevos días
Seré olvidado
Tendré recuerdos
Veré salir el sol cuando sale el sol
Veré caer la lluvia cuando llueve
Me pasearé sin asunto
De un lado a otro
Aburriré a medio mundo
Contando la misma historia
Me sentaré a escribir una carta
Que no me interesa enviar
O a mirar los niños
En los parques de juego.

Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino si me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
“vendrán nuevos rostros
vendrán nuevos días”.


("life vest under your seat")

sábado, 12 de agosto de 2017

Sam Shepard (1942/2017 )


Un relato



En este pueblo hay personas que tratan de desviar su propia muerte hacia otros. Dos mujeres con bata de enfermera. Un hombre con smoking azul. Sé quienes son aunque sólo los he visto de lejos. Siempre por la noche. Siempre amontonados, formando un grupo frenético en las esquinas, empujando uno hacia el otro una vieja silla de mimbre. Discutiendo en susurros. Tratando de esconder sus caras. Caminando furtivamente por el barrio con zapatillas deportivas. Sé quienes son, pero jamás revelaré sus delitos.
    El centro de su discusión es la silla de mimbre. Todo su terror emana de esta silla de mimbre. Una mañana, de repente apareció en la fachada de la casa de uno de ellos. Todos estuvieron de acuerdo en que era una señal de mal augurio. Señal inequívoca de su muerte inminente. Ahora creen que si dejan la silla delante de la casa de otro evitarán su propia muerte. Pero cada mañana la silla aparece delante de su casa.
    Esta noche la dejan delante de la mía. Les veo cuando la traen. No intento impedírselo. Tienen tanto miedo de que alguien les pille que son incapaz de sorprenderles. Veo cómo la tiran y luego salen corriendo. Les oigo correr varias manzanas a toda velocidad, como si temiesen que la silla pudiera perseguirles. Observo la silla. No se mueve. A pesar del frío viento, salgo y la arrojo hacia la calzada, pero el viento la empuja de nuevo hacia mi casa. Cojo la silla, la llevo hasta el centro de la calzada y la dejo tirada allí. Regreso a casa corriendo.
    Observo la silla desde mi ventana. Se ha quedado allí, en medio de la calle. Aunque los faros de los coches la iluminan, no se mueve. Me quedo dormido mirándola desde la ventana. Por la mañana vuelve a estar junto a mi porche.


23/Vii/1980
Homestead Valley, Ca.


("crónicas de motel", anagrama, 1982, trad. enrique murillo)

viernes, 11 de agosto de 2017

Luz Machado (1916/1999 )

La casa por dentro


La casa necesita mis dos manos.
Yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y sus gaviotas
muertas en el vuelo.
Conmoverme el jardín y su antifaz de flores dibujado,
el ladrillo inocente acusado
de no haber alcanzado los espejos,
y las puertas abiertas para las recién casadas
con su rumor de arroz creciendo bajo el velo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos,
la leche con el rostro del amanecer bajo la frente
con esa yerta soledad de una azucena
simplemente naciendo.
Debo quererla entera, salida de mis manos
con la gracia que vive de mi gracia muriendo.
Y no saber, no saber que hay un pueblo de trébol
con el mar a la puerta
y sin nombres

ni lámparas.



+++++

En mi habitación


Aquí están mis zapatos, con la forma
de los pasos y el pie que los dispone.
Aquí están mis vestidos, mis blusas y mis faldas
y mi ropa interior,
liviana y sencilla como una campánula silvestre
ya marchita,
mis medias que olvidaron las orugas
y han conocido antes la máquina y el ruido,
y después el latido y la huella;
mi paraguas, lánguido capullo, calabaza
del color del durazno y la cayena,
oh, mi mejor amigo defendiéndome
del cielo y su arrebato.
Espejos, libros, memorias de los viajes,
la música viniendo desde lejos,
su posada mariposa libérrima,
un lecho donde el sueño sólo es más sueño,
una lámpara antigua de la abuela materna,
una diversa advocación de vírgenes y santos
para la belleza y por los hijos, para la soledad,
esta máquina de escribir que llena de picotazos el silencio
como una gaviota furiosa y hambrienta
contra la huidiza verdad del mar,
este olor que de pronto se viene del jazmín
del jardín, desde la calle
a pelear contra el mío y mis perfumes
saliéndose de mí o del armario abierto.
Y retratos.
Y la vida haciendo ruido adentro y en torno
en cada día que pasa.


("no me quites paz" y "prometeo digital")