sábado, 19 de agosto de 2017

Eduardo Chirinos (1960/2016 )

Bisontes


Antaño los bisontes manchaban la llanura
de un claro y suave marrón.

Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.
Era su casa. Su vasto
dominio que nadie se atrevía a profanar.

Los veranos
migraban hacia el norte donde el sol se apaga.
Los inviernos hacia el sur
donde languidecen las estrellas.

Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

Si hubo algún Dios en estas tierras

debió tener cara de bisonte.


("pájaros lanzallamas")

viernes, 18 de agosto de 2017

Vladimir Holan (1905/1980 )

Cuando llueve en domingo y tú estás solo



Cuando llueve en domingo y tú estás solo,
completamente solo,
abierto a todo, pero no llega ni el ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, solo, no eres más que tú,
!no esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe
lo que hay encima de él,
entonces el diablo es el único que sabe
lo que hay debajo de él.
El libro sostenido, el poema al caer...


("revista el humo" s/c al traductor)

jueves, 17 de agosto de 2017

Josep M. Rodríguez (1976 )

Ramas



A contraluz,

tu pulmón al desnudo.



Y en su interior

(aunque no puedas verlas)

ramas como de almendro o de avellano



y una especie de florecillas blancas

brotando en sus extremos:



Una radiografía.

La dejas otra vez sobre la mesa

que aún conserva intacta

su memoria de ramas, tronco y árbol



(la memoria no muere,

se transforma).



Ramas en tus pulmones

y en la mesa



y en el papel de un libro.



Todo es parte de todo,


un mismo árbol.

***

Primera visita al zoológico


Tenía doce años y mi madre
me regalaba un mundo para mí:

‒¿Si la tristeza fuese un animal?

‒Si la tristeza fuese un animal...
pues un escarabajo.

Y entonces le contaba que había días
en que ese escarabajo fabricaba
una bola muy grande en mi garganta.

Los ojos de mi madre eran de búho.
Parecía entenderme sin hablar.

‒¿Y cómo te imaginas ser mayor?

No sé qué respondí,
tenía doce años:

aún no comprendía que crecer
es ir al zoo
y sólo ver barrotes.


("círculo de poesía " + "rua das pretas")

miércoles, 16 de agosto de 2017

Cristian Aliaga (1962 )

Arte poética


Un poeta –un lobo sin cartel–
no muestra sus cartas, no baraja
de nuevo, no escancia vinos
que no es capaz de beber.
Es un animal procaz
que no ve detrás de las ventanas
sino más allá de las rejas,
un espectro sordo
que no domina su carga
y se entrega a ella.
Un poeta –un punto azul sobre la mesa–
no mira para ver
sino para abrir los ojos.


("rua das pretas")

martes, 15 de agosto de 2017

Mario Trejo (1926/2912 )

Ultimátum a un joven poeta



Que el pan sea pan y mar el mar
Basta de conjeturas
Murciélagos lunares o roedores de orquídeas Toda palabra tiene precio
Las palabras que atacan como rayos o víboras
Y también madre
Amigo
Y alcohol y cama y mesa
Y el hijo concebido a dulces empujones
Y los hongos que provocan destellos de amor
O resplandores de muerte
Y el poeta que cae bajo las balas
Como un sol que la noche acribilla

Que el pan sea pan y mar el mar
el agua eterna
Pero la sed eterna
Para poder decir al fin:
He hallado un pan junto al mar
Los buitres sobrevolaban mi amor
He mordido una orquídea
Los buitres disputaban un cuerpo querido
He guiado camiones y dormido en aserraderos
Los buitres devoraban a mi amada
Viajé de noche sobre la arena caliente
Invoqué los nombres secretos

Conjuré un maleficio
Contuve una catástrofe
Conduje un águila a su nido
He muerto con mis muertos y estoy vivo

Cuando llegué a la ciudad
Un loco vagaba por las calles
En su mirada había un cuchillo
Le di mi mano
Lo miré
Le hablé y mi voz duró entre los astros
Eramos sólo dos sobre la tierra
Pero éramos dos sobre la tierra

La soledad se hizo añicos
La poesía palabras


("life vest under your seat")

lunes, 14 de agosto de 2017

Ángela Figuera Aymerich (1902/1984 )

La otra orilla



A la orilla del río, en una orilla,
miro la otra: juncos, hierva suave,
troncos erguidos, ramas en el viento,
cielo profundo, vuelos desiguales...

¿Y esta orilla?... Mirarla, verla, verme,
estando aquí y allí; completa, ubicua...

Cuando te miro, amado -amor en medio-
también quisiera estar en la otra orilla.


("a media voz")

domingo, 13 de agosto de 2017

Jorge Teillier (1935/1996 )

Blue


Veré nuevos rostros
Veré nuevos días
Seré olvidado
Tendré recuerdos
Veré salir el sol cuando sale el sol
Veré caer la lluvia cuando llueve
Me pasearé sin asunto
De un lado a otro
Aburriré a medio mundo
Contando la misma historia
Me sentaré a escribir una carta
Que no me interesa enviar
O a mirar los niños
En los parques de juego.

Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino si me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
“vendrán nuevos rostros
vendrán nuevos días”.


("life vest under your seat")

sábado, 12 de agosto de 2017

Sam Shepard (1942/2017 )


Un relato



En este pueblo hay personas que tratan de desviar su propia muerte hacia otros. Dos mujeres con bata de enfermera. Un hombre con smoking azul. Sé quienes son aunque sólo los he visto de lejos. Siempre por la noche. Siempre amontonados, formando un grupo frenético en las esquinas, empujando uno hacia el otro una vieja silla de mimbre. Discutiendo en susurros. Tratando de esconder sus caras. Caminando furtivamente por el barrio con zapatillas deportivas. Sé quienes son, pero jamás revelaré sus delitos.
    El centro de su discusión es la silla de mimbre. Todo su terror emana de esta silla de mimbre. Una mañana, de repente apareció en la fachada de la casa de uno de ellos. Todos estuvieron de acuerdo en que era una señal de mal augurio. Señal inequívoca de su muerte inminente. Ahora creen que si dejan la silla delante de la casa de otro evitarán su propia muerte. Pero cada mañana la silla aparece delante de su casa.
    Esta noche la dejan delante de la mía. Les veo cuando la traen. No intento impedírselo. Tienen tanto miedo de que alguien les pille que son incapaz de sorprenderles. Veo cómo la tiran y luego salen corriendo. Les oigo correr varias manzanas a toda velocidad, como si temiesen que la silla pudiera perseguirles. Observo la silla. No se mueve. A pesar del frío viento, salgo y la arrojo hacia la calzada, pero el viento la empuja de nuevo hacia mi casa. Cojo la silla, la llevo hasta el centro de la calzada y la dejo tirada allí. Regreso a casa corriendo.
    Observo la silla desde mi ventana. Se ha quedado allí, en medio de la calle. Aunque los faros de los coches la iluminan, no se mueve. Me quedo dormido mirándola desde la ventana. Por la mañana vuelve a estar junto a mi porche.


23/Vii/1980
Homestead Valley, Ca.


("crónicas de motel", anagrama, 1982, trad. enrique murillo)

viernes, 11 de agosto de 2017

Luz Machado (1916/1999 )

La casa por dentro


La casa necesita mis dos manos.
Yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y sus gaviotas
muertas en el vuelo.
Conmoverme el jardín y su antifaz de flores dibujado,
el ladrillo inocente acusado
de no haber alcanzado los espejos,
y las puertas abiertas para las recién casadas
con su rumor de arroz creciendo bajo el velo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos,
la leche con el rostro del amanecer bajo la frente
con esa yerta soledad de una azucena
simplemente naciendo.
Debo quererla entera, salida de mis manos
con la gracia que vive de mi gracia muriendo.
Y no saber, no saber que hay un pueblo de trébol
con el mar a la puerta
y sin nombres

ni lámparas.



+++++

En mi habitación


Aquí están mis zapatos, con la forma
de los pasos y el pie que los dispone.
Aquí están mis vestidos, mis blusas y mis faldas
y mi ropa interior,
liviana y sencilla como una campánula silvestre
ya marchita,
mis medias que olvidaron las orugas
y han conocido antes la máquina y el ruido,
y después el latido y la huella;
mi paraguas, lánguido capullo, calabaza
del color del durazno y la cayena,
oh, mi mejor amigo defendiéndome
del cielo y su arrebato.
Espejos, libros, memorias de los viajes,
la música viniendo desde lejos,
su posada mariposa libérrima,
un lecho donde el sueño sólo es más sueño,
una lámpara antigua de la abuela materna,
una diversa advocación de vírgenes y santos
para la belleza y por los hijos, para la soledad,
esta máquina de escribir que llena de picotazos el silencio
como una gaviota furiosa y hambrienta
contra la huidiza verdad del mar,
este olor que de pronto se viene del jazmín
del jardín, desde la calle
a pelear contra el mío y mis perfumes
saliéndose de mí o del armario abierto.
Y retratos.
Y la vida haciendo ruido adentro y en torno
en cada día que pasa.


("no me quites paz" y "prometeo digital")

jueves, 10 de agosto de 2017

José Agustín Solórzano (1987 )

Adentro:

(fragmento)



la sangre hierve al tiempo que el agua de la cafetera
            el reloj digital del microondas responde a mi resaca:
            son las 00:00              parpadea: tiene sueño todavía
            nadie quiere morirse
                                         un domingo
            nadie tiene ganas de vivir

            la libertad me da comezón en la espalda y enlosdeabajo
            mosquea la casa                          abre grietas en el techo
            la libertad podría ser esa gotera que me recuerda a tus ojos
         
            abrir de par en par tus pezones me ocasiona una tristeza

            apenas un poco más alegre que abrir las ventanas


("revista el humo")

miércoles, 9 de agosto de 2017

Laura García del Castaño (1979 )

Nadie te conoce


no saben cómo
dispones la risa, moderas el hambre,
controlas el celo,
la voracidad de la carne
desconocen cuándo
clavarías la lanza,
si serías quien da o quien bebe
del veneno
lo inesperado es un mundo de ciegos mirando el mar
esta habitación, la ropa sucia, tu dolor de espalda
que rujas como un niño maldito
no sugieren nada
sobre el corazón más tierno
sobre el bonsái más soleado
se esparce el musgo

florece la catástrofe.



llueve



el agua sube airosa con la ingenuidad de un niño
que desconoce su fortaleza
busca a su ahogado
Un colectivo de la virgen de Lourdes está cruzado
como una ballena que corta el mar
frascos con flores aguardan
bajo un puente marchito
tres hombres lloran contra el capot de un auto a su hermana muerta
por propia voluntad
La nicotina en un puño
la insolente excusa del que llama
Un flaco se arremanga
Una anciana revuelve su cartera en busca de consuelo
Peregrinan detrás del féretro dejando un espacio
como si fuese un meteorito que va a quemarlos con su cola
Ha sido el paso de un cometa por los días de un hombre
un derrumbe bajo el sol
ladrillos apilados que han envuelto la precariedad
y debajo un roedor
que al fin encuentra su casa.


("revista el humo")

martes, 8 de agosto de 2017

Ballerina Vargas Tinajero (1976 )

Reflexión




Hay que ser muy cabrona
               una indeseable de hecho
Para ir llenando de sombras otros ojos
Descargando porque sí los palos
Sin mirar sobre quién
El daño que te hicieron

Huyes de la caricia esperando el golpe
Desprecias las palabras melosas
Porque tarde o temprano
Sentirás su filo candente
La miel olerá a azufre

Como una perra desconfiada
Que prefiere morir de hambre
A bajar la guardia y aceptar
De mano de nadie
Más veneno recubierto de huesos

Por suerte pequeña

Tú no eres así
Te dice tu mirada ausente
Que ya no te reconoce
Desde el otro lado del espejo
Contra el que se estampan
Una pulga desnortada
Y tu malgastado tiempo


("revista el humo")

lunes, 7 de agosto de 2017

Max Rojas (1940/2015 )

Búsqueda de un cuerpo


Esta búsqueda atroz, que ya termine;
este mordisco, no, que me desgarra.
Ven. Mi sombra no te hará nunca más daño.
Se ha ido ya, sobre cristales rotos;
se ha ido ya, pero ha dejado las guitarras.
Vuelve. Es un clamor. Regresa.
Un huraño sonido nos espera,
un territorio de aves o de espinas nos acoge.
Es un clamor: regresa.
Idos, mis cirios, campanas tañen tenuemente
su clamido: vuelve.
Ya. Esta búsqueda atroz, que ya termine,
que ya cese este constante deshacerse.
Estoy al borde. Vuelve.
Pájaros: decídmele que vuelva,
que ahora mis manos son helecho
y no, nunca jamás le harán más daño.
Campanas: tenues tañed clamando su regreso.
Pero ya: que esto termine;
este irse apenumbrando entre el olvido,
este yacer entre herrumbrados fierros,
esta batalla atroz por hallarme en tu cuerpo,
que terminen.

—¡Adiós!


("revista el humo")

domingo, 6 de agosto de 2017

Uriel Martínez (1950 )




Villa Olvido

1
A principios de año descubrí una bodega de libros usados en Villa Olvido, distante de mi pueblo unas cuantas horas. Ahí, en un rincón, me esperaban dos libros que llegaban a mis manos sin buscarlos: una edición sureña de Villaurrutia y otra de Montejo. Ambos ya fallecidos. No quise demorarme en otra búsqueda al azar. Pagué y salí casi de prisa. En la primera esquina me detuve a revisarlos. "Nostalgia de la muerte" se había impreso cuando yo era niño; "Alfabeto del mundo" mientras cursaba la Universidad. Xavier Villaurrutia había estampado su firma de puño y letra a la mecenas Antonieta Rivas Mercado y Eugenio Montejo, el segundo poeta, a Octavio  Paz. Los cuatro ya muertos.

2
Regresé al mes a la misma Villa. El dependiente me había dicho en la primera ocasión, mientras hacía la nota de venta, que justo en un mes, recibirían otra remesa de libros de la capital, que el negocio se especializaba en libros rubricados por sus autores a otros autores; que me convenía el regreso. Fue tan discreto que no me preguntó si yo tendría vocación por la escritura, o sólo la lectura. En medio de cada ejemplar adquirido me incluyó sendos separadores con el nombre de la bodega y el horario.

3
La siguiente visita fue un sábado a mediodía. Era un día nublado, me hospedé en la casa de forasteros y viajantes de ventas de costumbre, con una valija de lona al hombro y un paraguas. Encontré cerrada la bodega. Antes de que comenzara la lluvia entré al café más cercano, desde donde se dominaba el negocio por el cual había regresado pronto. Pasado el mediodía vi que alguien levantaba la cortina de acero de la bodega. Dos hombres de edad indefinida empezaron a bajar cajas de cartón, supuse, llenas de libro.  Encendí el último tabaco para hacer tiempo y no mostrarme inoportuno o impaciente. El día se veía cargado de nubes oscuras. Había ya pagado mi consumo cuando empezó una lluvia tenue, casi inofensiva, que me daba la bienvenida a Villa Olvido.

4
Fue después de esta segunda visita, mientras el empleado me facturaba la compra de "La campaña de Vasconcelos", con unas cuantas palabras de la autora a su protector, más dos cuadernos de poesía de Carlos Pellicer y Salvador Novo, que por vez primera me percataba de que la bodega de libros viejos carecía de equipo contra incendio y, por ende, supuse, sin un seguro contra siniestros, robo o cualquier percance imprevisto como derrumbes o movimientos telúricos. Aunque los extintores pudiesen estar colocados fuera de la vista de mirones eventuales como yo, en otra sección del inmueble, es fácil suponer que no eran sometidos a revisión periódica ni al cambio de espuma, halogenados o agua simple.

5
Ramón, el empleado que me atendía y de unos cuarenta años, me ofreció café y un cigarro. Él estimaba que en una semana terminaría de desempacar las cajas de novedades, donde suponía vendrían la obra reunida de los poetas Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, Constantino Cavafis y Alejandra Pizarnik, más otros autores del sur del continente y uno que otro mexicano como Jaime Reyes, Concha Urquiza y Salvador Díaz Mirón. Me avisaba por si alguno pudiese interesarme. "Voy a ver si tengo la obra reunida de Reyes y Urquiza, que una vez presté. A veces olvido si me los devuelven." Aquí en confianza -me dijo en seguida y en un tono de voz de cómplices-: creo que en alguna remesa me enviarán las últimas cartas de Jaime Reyes a su mujer, una actriz ya fallecida; y las de Urquiza a su confesor. No le respondí nada al hábil Ramón, sólo le extendí una sonrisa. Pero esta revelación me decidió a volver pronto.

6
La vida no se nos da con la generosidad esperada, ni deseada ni, mucho menos, como uno imaginó. Simplemente se nos viene encima, nos apabulla o nos amedrenta. Aunque no creo en los signos zodiacales, entiendo que haya temperamentos rudos, reposados y reflexivos, por ejemplo. La mañana de mi tercera visita a Villa Olvido, era viernes 13, madrugué, me bebí una pastilla prescrita para hipertensos y salí de la pensión a comprar el diario. Fue inevitable ver una de las notas de primera plana: incendio y derrumbe de bodega, decía el encabezado. El boletín resumía el hecho, las lluvias de temporada, la finca antigua y con nulo mantenimiento, la disputa por una propiedad del dueño quien murió intestado. Se desconocía si entre los escombros de libros, vigas apolilladas, libreros, cajas y mesas se encontraría el cuerpo del dependiente Ramón N que hacía las veces de velador del negocio. Sentí el alma en un hilo al imaginar que ahí, también, pudo ser mi tumba.

7
Pasó el tiempo sin que yo regresara a Villa Olvido. Ni siquiera cuando conseguí de oportunidad una enciclopedia de Bellas Artes, donde aparecían las fichas, fotos y firmas de aquellos autores adquiridos en el pueblo trágico. Me quedé de una pieza al ver, al compararlas, que eran distintas las rúbricas de la edición "oficial" y las estampadas en los ejemplares que me vendió el librero Ramón y, por ende, apócrifas las dedicatorias. En cuanto pude, me deshice de las ediciones para alejar la sensación de mi estupidez.



                                                                                                                                                                                     Dogville, julio 2017
[Inédito]

sábado, 5 de agosto de 2017

Miguel Ángel Ortiz (1984 )

Hotel con piscina

(fragmento)

He ahí el mundo:
la piscina de un hotel.

Me sumerjo en el agua,
me sumerjo.
Ellos fuman,
toman su cerveza,
hablan de los campos.

Me sumerjo en el agua,

me sumerjo a volar.

*
¿Era Tijuana?
No, no era Tijuana

¿Era el D.F.?
No, no era el D.F.

¿Era Durango?
No, no era Durango

Era un sueño pero no era un sueño.

Los cisnes de    ¿Yeats?      
¿Rilke?

Recuerdo los cisnes,      
el agua en tus ojos,
tus ojos en el agua.


Nombro a los cisnes,

quiero recordar la poesía,
pero no puedo decir
la poesía que recuerdo.


("revista el humo)

viernes, 4 de agosto de 2017

Valeria Pariso (1970 )

Mientras desayuno


Mientras desayuno
una libélula se pierde
y entra en la habitación.
La miro: está sobre la lámpara
que permanece apagada
desde anoche.

¿Qué destino insiste
en los cuerpos
que alguna vez
tuvieron luz?


("marcelo leites")

jueves, 3 de agosto de 2017

Karmelo C. Iribarren (1959 )

En el último bar


Y qué pasó
entonces.

Pasó una mujer.

Pero qué pasó.

Que era
de las que nunca
terminan
de pasar.


("apología de la luz")

miércoles, 2 de agosto de 2017

Ana María Moix (1947/2014 )

Aquel hombre de ojos rojos



Aquel hombre de ojos rojos y chaqueta azul venía
de muy lejos. Balbuceaba canciones por los parques y solía
relatar historias aparentemente sin sentido. Sin embargo,
parecía poseer un extraño entendimiento y saber
por qué algunos adolescentes lloran al despertar, herido
el pecho por el resplandor de la mañana.


("no me quites paz")

martes, 1 de agosto de 2017

Juan José Saer (1937/2005 )

El balcón


Llegó un punto en el cual estaba
ciego y enloquecido en un camino
vacío, bajo un cielo amarillo, contra
un árbol seco. Creí que iba a morir.
En plena madrugada, me eché a llorar,
odié mi vida, encendí la luz.
Y con una camisa blanca, los pies desnudos,
caminé hasta el balcón y contemplé
la ciudad diminuta desde el décimo piso.
Después volví a mi cama y el sol me despertó.
Porque la altura, pasado el trepidante vértigo,
da -si uno no es demasiado orgulloso- serenidad.


("la ficción del olvido")